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Psiquiatría y prohibición de plantas psicoactivas
El poder de las mafias


“La mitología de la psiquiatría ha corrompido no sólo nuestro sentido común y la ley, sino también nuestro lenguaje y nuestra farmacología” Thomas Szasz. Química Ceremonial, 1974 La política internacional prohibicionista de una serie de sustancias disímiles a las que se les llama indiferenciadamente “drogas”, ahora compartida por el 100% de los estados, firmantes o no...
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Psiquiatría y prohibición de plantas psicoactivas

Baldomero Cáceres Santa Marí

Sábado 19 de febrero de 2005 (27/05/03)
Narco News ver en narconews.com





“La mitología de la psiquiatría ha corrompido no sólo nuestro sentido común y la ley, sino también nuestro lenguaje y nuestra farmacología”

 

Thomas Szasz. Química Ceremonial, 1974

 

La política internacional prohibicionista de una serie de sustancias disímiles a las que se les llama indiferenciadamente “drogas”, ahora compartida por el 100% de los estados, firmantes o no firmantes de las convenciones internacionales, constituye un fenómeno característico de nuestro tiempo. No es un fenómeno espontáneo y coincidente, surgido de necesidades de las diversas sociedades. Todo lo contrario, es un sistema de control político impuesto que tiene una larga historia. Iniciada la campaña prohibicionista hace casi un siglo ,en la Conferencia de Shangai de 1909, estuvo en el primer momento dirigida contra el opio bajo instigación de la diplomacia de los Estados Unidos, país que ya, por entonces, había iniciado internamente la restricción del uso autorizado de los opiáceos como también de la cocaína, motivo por el cual se limitó drásticamente la importación de hojas de hojas de coca con la Pure Food and Drug Act de 1906.

 

Cabe destacar que la prohibición recayó sobre sustancias naturales hasta entonces respaldadas por la propia medicina académica estadounidense, como nos recuerda, en el caso de las hojas de coca, la monumental obra de Golden. W. Mortimer, médico e historiador, autor de Peru, History of Coca, impresa en Nueva York en 1901, libro del cual apareció una condensada versión francesa destinada a los médicos en 1904. Cabe denunciar que, pese a la reedición de la versión original en 1975, y de la traducción francesa en 1992, no existe aún versión en español1.

 

De su lectura, en primer lugar, se desprende el buen sentido clínico de los médicos norteamericanos, puesto de manifiesto al apreciar las virtudes de la coca en su práctica profesional mientras estuvo en boga, tal como registran los cuestionarios enviados por el doctor Mortimer y cuyos resultados figuran en el Apéndice. Al mismo tiempo, sin embargo, como registró y comentó Mortimer, aunque no precisó al enemigo, se gestaba la conspiración que llevaría a la exclusión de la coca entre los cultivos más preciados de la tierra. La Convención de La Haya de 1912, llamada indebidamente « del Opio », pues no fue su único objetivo, internacionalizó la fiscalización de la producción de la coca, al incluir a « la cocaína y sus sales » Tal Convención, suscrita por el Perú en 1913, fue ratificada por el Tratado de Versalles. Finalizada la II Guerra Mundial, las Naciones Unidos asumieron el compromiso de llevar adelante la guerra norteamericana aceptada sin crítica hasta entonces por las más diversas formas de gobierno: democracias, dictaduras, y totalitarismos: fascismo, nazismo y comunismo por igual.

 

La Convención Única de Estupefacientes (Nueva York,1961) fijó definitivamente la naturaleza del control que incluyó, entre otros objetivos, la erradicación en veinticinco años del milenario coqueo andino y del arbusto de coca (Erythroxylum coca, e. novogranatense) que no estuviera destinado a la obtención de un agente saporífero sin alcaloides, salvando así la producción destinada a la empresa Coca Cola que ha seguido usando a la hoja de coca como parte de su fórmula secreta (Pendergrast, 1993). En el caso del Perú , debido a la presión de los Estados Unidos, se dictó en 1978 el D.L. 22095, conocido como « Ley de Drogas » aún vigente, dispositivo que considera al coqueo andino como « un problema social » y traba con ello su debido aprovechamiento industrial.

 

Las consecuencias de la política establecida han sido múltiples: económicas, sociales y políticas. Una vasta economía sumergida que lava o « blanquea » el dinero mal habido mediante mil y un recurso del sistema financiero (economía marginada habitualmente por los economistas formales, con la reconocida excepción de Milton Friedman, quien debido a ello ha abogado desde décadas atrás por la legalización); sociedades escindidas entre los sectores convencionales ( en especial dependientes del aparato estatal, incluyendo a las Universidades y a los tribunales de justicia), reforzados por la permanente presencia de la campaña guerrera en los medios de comunicación de masas que llevan adelante la propaganda oficial, frente a millones de usuarios satisfechos que están obligados a guardar las formas so pena de estigmatización personal cuando no de la penalización de su afición; conformismo de los actores políticos que no encuentran la forma de revertir el sistema y que por ello callan la importancia del negociado, a sabiendas de los conflictos que genera. En el plano internacional la « prohibición » se ha convertido en una « guerra », apoyada por el más poderoso Imperio de los que han existido en la Historia y que ha encontrado en el tema una manera de inmiscuirse en los asuntos internos de los demás naciones, puesto que aparece legitimada su preocupación « sanitaria », la misma que se ve obligada a compartir y sostener la Organización Mundial de la Salud mediante su Comité de Expertos en Farmacodependencia, la instancia presuntamente científica que responde por las « razones » del sistema.

 

Son los Estados Unidos, en efecto, con el fraternal y permanente apoyo del Reino Unido, los que distribuyen y controlan a sus « agentes encubiertos » y a otros que aparecen públicamente dentro de los países significativos en la producción o tránsito de las sustancias prohibidas, en especial cuando se presume que abastecen a la « puritana » América. Este último es el caso de la región andina donde el cultivo del arbusto de la coca, limitado en sus usos tradicionales e industriales por la propia legislación, en cumplimiento de los acuerdos internacionales, ha estado casi en exclusiva al servicio del multimillonario negociado de la cocaína, droga de la cual fuimos el primer productor mundial durante más de una década (1980-1994), hasta que Colombia asumió la producción con sus extendidas y bien cuidadas plantaciones, provocando la disminución de las mismas en nuestro territorio. Hoy, si bien la disminución se ha mantenido ( de más de 120 mil hectáreas bajo a alrededor de 35 mil), el repunte del precio de la hoja lleva a temer que la ofensiva en Colombia retrotraiga la situación y volvamos a ser un destacado « cocaine country », aquejado nuevamente por la violencia que surge como estratégica cortina de humo detrás del cual el negociado prospera, sea el Líbano, Afganistán o el Chapare boliviano.

 

 

La prohibición como un « hecho social »

 

La « prohibición de las drogas », tal como ha sido caracterizada recientemente por Harry G. Levine , Profesor de sociología de Queens College de Nueva York ,en un artículo reciente publicado en The Independent Review2, « es un sistema mundialmente extendido de poder estatal. La prohibición global es un “hecho social”´ en términos de Durkheim- sostiene Levine. Un “hecho social” que Levine describe en su amplia variedad, desde la criminalización en los Estados Unidos que mantiene más de medio millón de presos por posesión o pequeñas ventas de lo prohibido(recuerden que hay más liberalidad en su mercado de armas), a Holanda con su pragmática política de despenalización de la venta de marihuana en determinados establecimientos (en el extremo posible conciliable con las Convenciones internacionales suscritas), para evitar el mayor daño de su criminalización y su vecindad con el más reducido mundo de las drogas llamadas “duras”, como se considera a la heroína y a la cocaína.

 

Un “hecho social” tiene sin embargo su historia, a la que poca atención le prestó Levine, aunque no dejó se preguntar sobre la razón de la generalización, a lo largo del siglo XX , de la “prohibición de las drogas” como la política de estado más ampliamente aceptada y legítima ante las más variadas audiencias. Al preguntarse sobre las razones de su acogida, si bien acepta que en la práctica se ha debido a la presión diplomática de los Estados Unidos, encuentra que la “prohibición de las drogas” se difundió porque era y es útil, funcional, para todo gobierno, puesto que el Estado incrementa con ella su poder policial y militar así como, mediante la satanización de las propias sustancias, lograda por los medios de comunicación, convierten a la prohibición en el objetivo de una cruzada social unificadora, presuntamente humanitaria, que fuerza la solidaridad de políticos, hombres de iglesias, educadores, comunicadores en fin, quienes comparten en términos de Levine “un romance con el Estado”, estimado como autoridad suprema al servicio del bien común. Finalmente, Levine señala el carácter instrumental de las Naciones Unidas para la generalización de la política estadounidense. Dentro de ella se ha abierto paso el movimiento de “reducción del daño” que pretende moderar los efectos negativos de la prohibición mediante la tolerancia y la regulación, tal como representa el reparto de jeringas e incluso el suministro asistido de heroína inyectada , como sucede en Holanda y Suiza. Dentro tal política de “reducción del daño”, por ejemplo, se lleva adelante la campaña bien pensante y compasiva de George Soros en los Estados Unidos, abogando, mediante The Lindesmith Center dirigido por Ethan Nadelmann, por el uso médico aprobado de la marihuana frente a diversas enfermedades. Quizás por respeto indebido al sistema, sin embargo, omiten hablar del uso habitual de la planta, de la “addiction”, que tan exitosa acogida tuvo en California a finales de los 60 y que se propagó luego por los Estados Unidos hasta requerir, desde el inicio de los 80,una producción doméstica que hoy, al inicio del milenio, abastece a decenas de los millones de aficionados al cáñamo que no pueden ser ciudadanos libres, si recordamos que, en palabras de José Martí, “la libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía”

 

La nueva inquisición, inspirándose en la antigua, descalifica el testimonio de los “adictos”, como la anterior descalificaba a quienes defendieran su judaísmo o su “herejía”.

 

 

La justificación de la prohibición

 

Si bien el penetrante análisis de Levine señala factores decisivos en el establecimiento y mantenimiento de la política adoptada, cabe destacar, sin embargo, que hay dos vacíos, íntimamente ligados. El primero al limitar el origen de la prohibición a los años 20 del siglo pasado, centrándose en los Estados Unidos3, ignorando la etapa decisiva del cambio producido al fin del siglo XIX y comienzo del XX, período inicial considerado en los tratados del tema, comenzando por Thomas Szasz en su Química Ceremonial de 1975. Es así como se da el primer vacío observable. El segundo, ligado con el primero, fue ignorar la base doctrinaria en el cual la prohibición se fundamentó ante la opinión pública, aspecto generalmente omitido en las revisiones del tema. No bastaron, en efecto, las campañas públicas que los medios de comunicación llevaron adelante, ni el ajetreo de los grupos temperantes. El sustento necesario se dio cuando el descrédito del alcohol, del opio, de la cocaína y de la marihuana fue asumido y comenzó a difundirse en los tratados psiquiátricos de los padres fundadores(especialmente Emil Kraepelin) quienes estigmatizaron su uso como una “toxicomanía”, al tiempo que surgían diversos psicologuismos (Freud y seguidores, ortodoxos y heterodoxos) para explicar el malestar de la cultura moderna y proporcionarle al racionalismo una fe interpretativa de los avatares de la vida que tanta falta le hacía debido a la secularización producida.

 

Desde entonces, dentro de la clientela reclamada por la psiquiatría se contaron a los usuarios de las sustancias “adictivas”, juzgados como usuarios “compulsivos”, con absoluto menosprecio de su imagen y de su opinión personal. Se impuso con ello un segundo argumento de autoridad: si el “enfermo mental” se caracterizaba como escapando al autocontrol e igual ocurría en las “toxicomanías”, quedaban justificadas entonces las medidas restrictivas de la comercialización de tales sustancias y la imposición por la fuerza de tratamiento, mediante el internamiento, asegurando, con la distancia de la reclusión, la impunidad del trato que a partir de ahí les daban los “especialistas” (las llamadas “terapias”del choque electrico, la lobotomía y el empleo de drogas sintéticas con efectos laterales y acumulativos que no fueron tenidos en cuenta al recurrir a ellas). Tratamiento similares se aplicaron a los “alcohólicos” y “adictos” sin reflexión alguna sobre el incumplimiento del precepto hipocrático de no hacer daño.

 

Sólo los recientes progresos en neuroquímica y de la tecnología computarizada, a partir del descubrimiento de las endorfinas y de la exploración del funcionamiento cerebral, ha podido orientar hoy finalmente a la psicofarmacología y reducir los daños producidos por la atención psiquiátrica tradicional que durante gran parte del siglo pasado se mantuvo por su inmerecido prestigio científico. Pesó no sólo sobre su voluntaria e involuntaria clientela. En nombre de la “salud mental”, contra la cual atentaban en la práctica y en la teoría, la psiquiatría se arrogó el poder clasificatorio que estigmatizó a cientos de millones de seres humanos y nos mantiene estigmatizados todavía. Descalificar a las plantas medicinales del sistema nervioso empleadas por la medicina fue casi un requisito profesional, por así decirlo, de la existencia de la propia psiquiátrica y de las psicoterapias creadas para “curar” los problemas asociados a su ausencia.

 

La prohibición fue es el resultado de la prédica psiquiátrica, puesta al servicio del control social por el Estado policía, del “ogro filantrópico”. Omitir tal consideración, como es costumbre , impide realmente replantear desde su base teórica, “el problema de las drogas””, recurriendo al auténtico conocimiento científico, esto es de acuerdo a la razón y a la experiencia en el decir de Claude Bernard.

 

 

Un caso concreto: la coca

 

A diferencia de Levine, quien como sociólogo se ha limitado al “social fact” de la “prohibición de las drogas” sin desagregar ésta en forma alguna , el análisis personal en el cual me apoyo, pasando del hecho a su historia, tomó como hilo conductor la estigmatización oficial del coqueo andino, a partir del fallo del Comité de Expertos de la Organización Mundial de la Salud que, en 1952, juzgo debía considerarse al hábito tradicional como una forma de “toxicomanía” o “adicción”, categoría de la fantasmagórica psicopatología psiquiátrica, según creo haber demostrado documentadamente en el caso del recurso andino4.

 

Tal condena, en efecto tiene una historia perfectamente reconstruible a partir del Informe de la Comisión de Estudio de las Hojas de Coca (Lake Success,1950), designada por el Consejo Social y Económico de las Naciones Unidas. con el cual la Organización Mundial de la Salud pretende haber acabado con la revisión de la información pertinente. En la 28º sesión del Comité de Expertos en Farmacodependencia de la Organización Mundial de la Salud(1992), se negó a recomendar una revisión crítica del caso de la hoja, pese a la revalorización obtenida en Bolivia y el Perú , aduciendo que se apoyaba y no desistía de hacerlo en la información entonces recogida.

 

 

El sesgo informativo

 

Una primera revisión del Informe presentado por la Comisión a las Naciones Unidas puede mostrar la exclusión, dentro de la bibliografía recogida y anotada por el doctor Pablo Oswaldo Wolf, de todos los testimonios médicos peruanos que hablaban de los beneficios derivados del coqueo andino, comenzando por la Disertación sobre el aspecto, cultivo, comercio y virtudes de la famosa planta del Perú nombrada Coca que en 1794 publicara el doctor Hipólito Unanue en Mercurio Peruano, informe que fue debidamente considerado, tanto en los Estados Unidos como en Europa, prestándole a la coca el apoyo académico para su divulgación y aprovechamiento industrial por firmas farmacéuticas (Parke, Davis and Co.; Merck) y otras (Vin Mariani elaborado por Angelo Mariani en Paris; la Coca Cola en Atlanta).

 

La omisión de tuvo que ser justificada por el doctor Wolff, en un artículo presentado en el Boletín de Narcóticos publicado en Internet y al cual remito5, al restarle valor a la historia médica anterior de la planta andina y aduciendo, en el caso concreto de Hipólito Unanue, que en el decir de Hermilio Valdizán, a su vez padre fundador de la psiquiatría peruana y paradójico estudioso de nuestra medicina popular, se habría tratado de un “estudio agronómico” con el título “El cultivo de la Coca”. El doctor Valdizán, creador de la cátedra de Psiquiatría en la Facultad de Medicina de la Universidad Mayor de San Marcos de Lima, fue realmente quien dio el aporte inicial y decisivo a la satanización del coqueo andino, al enviar desde Roma, donde realizaba estudios de especialización, un alarmante artículo “El cocainismo y la raza indígena” (La Crónica Médica, Lima, 15 de agosto de 1913) en el cual, apoyándose en el juicio a la distancia de Emil Kraepelin, maestro de la psiquiatría mundial, consideraba al coqueo un hábito pernicioso, una “intoxicación crónica”. La escuela psiquiátrica peruana adoptó la consigna de la campaña que hasta hace poco puso en entredicho a la hoja de coca, al igual que los misioneros católicos le pusieron en entredicho en la segunda mitad del siglo XVI, cuando en el Segundo Concilio Limense (1567) se decretó su condena, desatendida por la Corona.

 

La “Bibliografía” del Informe – en efecto – recogía en cambio, ampliamente y sin mayor crítica, toda la producción psiquiátrica sobre el tema, destacando desde el inicio, con el vocabulario adoptado, la orientación psicopatologizante que le animaba. Al hábito andino que describía erróneamente como “mascar coca”, pues la coca no se masca sino que se exprime su jugo en la parte de lateral de la boca, le llamó P.O Wolff “cocaísmo”, forma moderada de repetir la excomunión de Valdizán que dio pié al absurdo proceso. No está demás señalar que las presuntas investigaciones científicas que respaldaron el negativo Informe de la Comisión de Estudio, eran trabajos presididos por el prejuicio escolástico kraepeliano contra la cocaína que sus miembros no pusieron siquiera en duda. Planteamientos erróneos y métodos de investigación cuestionables, cuando no risibles hoy día, sirvieron de base al Informe que llevó al Comité de Expertos de la OMS a imponer la sentencia que se empeñó en mantener en 19926.

 

 

La cocaína

 

Detrás del juicio a la coca seguido al final de los 40, ejercía su presencia la anterior condena de la cocaína, la que a su vez es revisable en su origen. Esta tarea ha sido posible por la publicación, en 1975, de los Escritos sobre Cocaína de Sigmund Freud, gracias al interés del profesor Robert Byck y a la autorización de Anna Freud, la devota hija del creador del psicoanálisis. La historia de los sucesos producidos en Viena entre 1884 y 1887 nos muestran que la estigmatización de la cocaína fue resultado de la extrapolación en la que incurrió un neuropsiquiatra alarmado, Erlenmeyer, por el triste resultado que había tenido en un distinguido colega y amigo de Freud, a quien el maestro del psicoanálisis le prescribió inyecciones de cocaína para librarse de la habituación a la morfina. De Erlenmeyer y su reacción, viene ese lugar común hoy día que es llamarle al alcaloide “flagelo”, apreciación en la que se apoyó años más tarde Kraepelin para referirse al “cocainismo” como el ansia o deseo de consumirlo, dada su naturaleza “tóxica”.

 

Los psicólogos sociales somos muy concientes del peso de nuestra actitud en el acto fundamental de la percepción, identificación, reconocimiento o categorización. En función de tal identificación se analiza el objeto, precisándose sus características. De ahí el poder seductor de los prejuicios que nos tienen al condicionar nuestra perspectiva. Los conflictos mundiales están teñidos justamente de prejuicios que mantienen la distancia entre los pueblos y entre las generaciones.

 

La hoja de coca, percibida hasta el surgimiento del discurso psiquiátrico como planta nutritiva y medicinal (Mortimer,1901), fue recategorizada como droga peligrosa por la “adicción” que provocaba la “cocaína” contenida en sus hojas(cocainismo). Ella sería la “sustancia activa” precisada por la farmacología en el siglo XIX para dar razón de su más notables efectos: anestésico local y, a la vez, estimulante del sistema nervioso. Recordemos que Freud en su primer y jactancioso ensayo Úber Coca, publicado en 1884, había asumido el mismo punto de partida, al atribuir las virtudes reconocidas en las hojas al alcaloide extraído de ellas: “la cocaína y sus sales son preparados que tienen todos los efectos, o al menos los más esenciales, de las hojas de coca”7.

 

Tal reduccionismo inicial y compartido permitió el traslado arbitrario de su condena a la propia hoja, omitiendo considerar que esta es un compuesto orgánico. Para ello debió soterrarse la información anterior. Siguiendo la escuela de Kraepelin, los psiquiatras no demostraron interés alguno en conocer y evaluar los anteriores informes médicos que auspiciaron su acogida en el siglo XIX. El Informe de la Comisión de las Naciones Unidas puede legítimamente ser cuestionado, en otras palabras, por haberse escondido pruebas. Poner al día la información científica implicaría hacer presente investigaciones básicas que no han sido incorporadas al archivo de la coca en las Naciones Unidas y menos tenidas en cuenta por la Organización Mundial de la Salud.

 

 

La hoja de coca como complemento nutricional

 

La psicología cognitiva resalta la importancia “marco de referencia”(Allport,1939) como todo contexto que condiciona nuestra percepción, emoción y conducta.

 

Sigmund Freud tenía el propio en 1884 cuando, ilusionado, creyó encontrar en el uso personal de la cocaína el estupendo estimulante que como el señaló haciendo referencia a ella: ”Muchos médicos han pensado que la coca8 puede llegar a ocupar un puesto importante entre la serie de fármacos que administran los psiquiatras. Es bien sabido que éstos tienen una amplia gama de productos que les permiten ayudar a sus pacientes a reducir la excitación de los centros nerviosos, pero que no tienen ninguno para aumentar un funcionamiento menguado de esos centros”9. Era, en el lenguaje médico de la época, el remedio ideal para la “neurastenia”(Beard,1868).

 

No es extraño pues que el reduccionismo farmacológico adoptado al querer ver en la cocaína “el auténtico agente de los efectos de la hoja de coca” fue facilitado por el nivel de análisis al que había llegado la química, de acuerdo a lo que el mismo Freud precisaba en su monografía Über Coca: “según las informaciones de los químicos, las hojas de coca contienen algunas otras sustancias que todavía no han sido descubiertas”10.

 

Poco a poco el compuesto orgánico fue analizado, llegando a que la propia Comisión de Estudio nombrada por el Consejo Económico y Social reconociera en el Informe (1950) que, como otro vegetal más, compartía la coca otros nutrientes, vitaminas y minerales, en especial el calcio, sin reparar en el menosprecio del dato debido al dominio ejercido por el discurso farmacológico-psiquiátrico que la reducía a cocaína, “el tercer flagelo“ del que Erlenmeyer culpó a Freud, motivo de la preocupación internacional.

 

En 1965, Carlos Collazos Chiriboga, Director por entonces del Instituto de Nutrición del Ministerio de Salud del Perú, publicó en Viernes Médico, un informe sobre “Coqueo y Nutrición” que no mereció el debido reconocimiento, pues se había iniciado entonces ya el silenciamiento del tema, dado que la coca estaba destinada a la extinción. Tal medida había sido aceptada ya por nuestro gobierno en la Convención Única de Estupefacientes, realizada en Nueva York en 1961, en ausencia de una representación diplomática crítica que cuestionara los supuestos de los acuerdos prohibicionistas logrados.

 

El aporte decisivo del doctor Collazos fue demostrar experimentalmente la extracción “no desdeñable, por cierto, de varios nutrientes importantes”, y en especial el aprovechamiento del caroteno apreciado en el plasma sanguíneo, luego del coqueo tradicional. Su primera conclusión fue señalar que “contiene varias sustancias nutritivas, algunas de ellas en proporción llamativa”, pero que “su asociación con la cocaína significa impedimento capital para su consumo”. El criterio psiquiátrico dominaba entonces, reforzado por la suscripción de la Convención. Un año antes el Presidente Belaunde había prohibido la comercialización de la hoja de coca por debajo de los 1,500 metros de altura, pero la resistente realidad impidió que se cerrara en la costa el mercado tradicional de la hoja… Existían y siguen existiendo zonas costeñas y urbanas de consumo de hoja de coca entre los sectores populares, campesinos, obreros y pescadores de nuestro litoral.

 

En 1975 el análisis de la hoja de coca, cumplido por Aulik, Duke y Plowman en Harvard University, demostró la gran riqueza de nutrientes de la hoja de coca, comparada con el de las 50 mejores plantas alimenticias de Latinoamérica, encontrándose valores que le llevaron a Plowman a resaltar su importancia: 100 gramos de hoja de coca satisfacerían los requerimientos recomendados para hombres y mujeres en calcio, hierro, fósforo, vitamina A y riboflavina.

 

Los hallazgos científicos no fueron capaces de cambiar la apreciación psiquiátrica y oficial del alimento andino, razón que explica la dación en el Perú del D.L 22095 (1978), aún vigente, cuyo considerando inicial califica al coqueo de “problema social”, pese a que, adicionalmente a las investigaciones de la coca como alimento, se habían desvirtuado los cargos sobre los efectos “tóxicos” de la costumbre indígena (Weil 1975; Grinspoon y Bakalar 1976; América Indígena 4 1978) La investigación llevada adelante en Bolivia por William Carter y Mauricio Mamani11, recogiendo información básica en el mismo universo de los usuarios tradicionales, no logró alterar tampoco la política sustitucionista en los organismos internacionales regidos por la legislación prohibicionista que excluye la realidad de la coca como alimento del mundo andino.

 

 

Marihuana y amapola del opio

 

Si bien la historia del desprestigio de la marihuana (Cannabis indica, sativa y ruderalia)y de la amapola del opio(Papaver somniferum) no consta en un expediente oficial de las Naciones Unidas, como consta el caso de la hoja de coca, sería fácil corroborar el origen puramente psiquiátrico de su descrédito mediante procedimientos similares a los seguidos en el caso de la planta andina. Bastaría pasar de la “ciencia” actual a su historia, como recomendó Thomas Khun en su iluminador libro Las revoluciones científicas. Se apreciará entonces cómo el prejuicio psicopatologizante, asumido oficialmente y difundido por la propaganda oficial gracias al prestigio otorgado a la psiquiatría , se impuso al saber médico que siempre las consideró útiles medicinas tradicionales del sistema nervioso.

 

Es suficiente, para confirmar lo dicho, revisar la preciosa información proporcionada por Szasz en su Ceremonial Chemistry, The Ritual persecution of drugs, addicts and pushers, publicado en 1973, libro mencionado sólo marginalmente en las revistas más serias, dadas las consecuencias que tendría la adopción de su denuncia de la “addiction” como un seudo diagnóstico médico. Según registra Szasz, en 1885 el Informe de la Royal Comision on Opium comparó al opio con el licor y en 1894, el Informe de la Indian Hemp Drug Comision, por encargo del gobierno británico, concluyó que ”el uso regular, moderado de ganja o bhang produce el mismo efecto que dosis regulares y moderadas de whiski”. El cáñamo de la India y los opiáceos tenían de hecho ya por entonces un lugar asegurado en la farmacopea aprobada. Como Thomas Szasz destacó, « la mitología de la psiquiatría ha corrompido no sólo nuestro sentido común y la ley, sino también nuestro lenguaje y nuestra farmacología ». Por eso pudo orientar a la política y a la desinformada opinión pública.

 

 

Conclusión

 

La revision de la información oficial sobre la hoja de coca, desde elInforme de la Comisión de Estudio de las Naciones Unidas(1950), muestra la evidente distorsión del punto de vista psiquiátrico que permitió, incluso, descartar la validés de la anterior información médica., de lo cual la “Bibliografía anotada” del referido Informe constituye prueba documental. El “paradigma”, de las “intoxicaciones crónicas” o “addictions”, consagrado como “enfermedades mentales”, por llamarle de algún modo al absurdo prejuicio psiquiátrico, proporcionó apoyo doctrinario al prohibicionismo estatal en los Estados Unidos, convertido luego en patrón exportable de su política internacional.

 

Independientemente por ello de las nefastas consecuencias económicas, sociales y políticas de la cruzada mundial, de las cuales especialmente los países productores pagamos las consecuencias, como es el caso de los países andino, se impone el cuestionamiento del actual “desorden establecido” por razones estrictas de salud. La reapropiación por la Humanidad de las plantas medicinales del sistema nervioso estigmatizadas por la escolástica psiquiátrica permitiría el reordenamiento pacífico de los países productores y , a la vez, permitiría una verdadera educación para su debido aprovechamiento fundado en información confiable. Sería la major manera de responder al reto del uso desordenado y aveces clandestino de drogas legales e ilegales, puesto que se atendería, en forma natural, al apetito selectivo del sistema nervioso por los nutrientes que aprovecha de las plantas.

 

Saliendo de las sombras que la descalificadora doctrina psiquiátrica mantiene, podremos entonces hablar cara a cara, reclamando los países productores el derecho a industrializar debidamente y colocar en el Mercado global grandes recursos naturals que podrían entonces garantizar el desarrollo auténtico de las zonas productoras; reclamando los usuarios el derecho a contar con el abastecimiento regular de las plantas psicoactiva tradicionales preferidas, en el orden y magnitud del café, el chocolate o el té.

 

 

Mortimer, Golden. Peru, History of Coca,”The Divine Plant of the Incas” with….., J.H.Vail & Co.,New York, 1901

 

History of Coca, The Divine Plant of the Incas, Fitz Huhg Ludlow Memorial Library Ed.,San Francisco,1974

 

De la Coca a la Cocaïne, Utz, Paris, 1992

 

 

Levine, Harry G. “The Secret of Worldwide Drug Prohibition: The Varieties and Uses of Drug Prohibition,” The Independent Review, Fall 2002.

 

 

En el análisis de Levine, arriba citado:“ U. S. federal drug prohibition began in 1920 as a subset of U.S. federal alcohol prohibition. U.S. alcohol prohibition lasted as national policy for only fourteen years”.

 

 

Cáceres Santa María, Baldomero. “La Coca, el Mundo Andino y los extirpadores de idolatrías del siglo XX”, América Indígena 4, Instituto Indigenista Interamericano, México,1978

“Historia, prejuicios y versión psiquiátrica del coqueo andino”, Perú Indígena 28, Instituto Indigenista Pewruano, 1990

 

 

Bulletin on Narcotics – 1952 Issue 2

 

 

Ver las diversas críticas en:

Diaz, Aurelio Hoja, pasta, polvo y roca, Universitat Autònoma de Barcelona,1998.

 

 

Freud, Sigmund Escritos sobre cocaína, Robert Byck ed.,Editorial Anagrama, Barcelona,1980. p.110.

 

 

La coca, en efecto, había merecido diversos informes médicos, entre los cuales cabe destacar el del Presidente de la Asociación Británica de Médicos, Sir Rober Christison(1876) quien reconoció por experiencia personal sus ventajas. Freud asigna sin más a la cocaína tales apreciaciones.

 

 

Freud Sigmund cit. supra, p. 111

 

 

Freud, Sigmund cir.supra, p.98

 

 

Carter, W.; Mamani,M. Coca en Bolivia,Edit. Juventud, La Paz 1986

 

Publicaciones del autor.

 

 

“La Coca el Mundo Andino y los Extirpadores de idolatría del siglo XX “, en América Indígena 4, Instituto Indigenista Interamericano, México, 1978.

 

También en La Coca, Visión indígena de una planta satanizada, J.Boldó- III, México, 1986.

 

 

“Historia, prejuicios y versión psiquiátrica del coqueo andino”, en Perú Indígena 28, Instituto Indigenista Peruano, Lima, 1990.

 

 

“Informe sobre el problema de salud y “las drogas”“, en Drogas y control penal en los Andes, Comisión Andina de Juristas, Lima, 1994.

 

 

“Coca ,la legalización como alternativa”, Perú en la aldea global, Fondo Peruano de Relaciones Internacionales,Lima, 1994.

 

 

“Acerca del uso y abuso de sustancias psicoactivas”, en Debate Agrario 22, Centro Peruanos de Ciencias Sociales (CEPES), Lima, 1995.

 

 

Numerosos artículos periodísticos, especialmente en El Peruano 1995-1999, 2001-2002

 

WEB Cocachasqui: http://www.cocachasqui.org

 

 


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