Loading
Buscar en Drogas México

   

Nuestro camino a Eleusis :: Drogas México

#Alucinógenos o #enteógenos
Documentos, artículos e información sobre estas sustancias utilizadas con fines rituales y hoy en día terapéuticos. Entéogeno es un neologismo acuñado por Gordon Wasson, Jonathan Ott, Albert Hofmann y Carl Ruck que significa "el que genera dios en mí"

Las divinidades alucinógenas
Nuestro camino a Eleusis
La mirada anterior


Ha sido un secreto a voces el uso ritual de alucinógenos por los antiguos griegos. Al menos desde que, a mediados del presente siglo, se inició formalmente tal género de estudios, varios son los ensayos y libros que han rozado el enigma de los Misterios clásicos, intentando explicarlo –o dándolo por explicado, en casos de inferior...
MAR
1
1 9 7 9

0 comentarios


Nuestro camino a Eleusis

Jaime García Terrés

Jueves 1 de marzo de 1979 (04/11/04)
Vuelta ver en vivecondrogas.com





Ha sido un secreto a voces el uso ritual de alucinógenos por los antiguos griegos. Al menos desde que, a mediados del presente siglo, se inició formalmente tal género de estudios, varios son los ensayos y libros que han rozado el enigma de los Misterios clásicos, intentando explicarlo –o dándolo por explicado, en casos de inferior seriedad– a partir de las premisas deparadas por una investigación de azarosos albores que poco a poco se fue constituyendo en audaz disciplina científica: la etnobotánica. Que esta palabra es de cuño reciente y aún incierto, lo demuestra su ausencia en léxicos tan flamantes y receptivos como _The Fontana Dictionary of Modern Thought_, cuyo repertorio consigna, sin embargo, innúmeros vocablos de obvia novedad. De cualquier modo, la existencia de la etnobotánica, y de la más espectacular de sus ramas: la etnomicología, son hechos hoy indiscutibles, aunque puedan ser materia de disputa muchas de sus conclusiones. Y aquí es, precisamente, donde comienzan las dificultades. Porque la nueva ciencia ha de afrontar, de un lado, los tabúes, a menudo persistentes, que la asedian y pretenden condenarla sin oírla; y de otro lado, sus propios riesgos interiores, que no sin frecuencia la orilla a declinar el rigor.

El dilema es inusitado; por ello mismo se me antoja imperativo su registro. En primer término, encontramos antropólogos de rígido criterio, que apilan vasta y minuciosa información sin enterarse, en el fondo, de qué se trata. Son como el esforzado helenista que, hundido en sus papeles, jamás se ha preocupado por visitar a Grecia ni por respirar la atmósfera en que se desenvolvió tan glorioso apogeo. No obstante su afán erudito, les falta –o no se advierte en ellos– la pasión _vivida_ que encamina hacia los mejores hallazgos.

Y en el polo opuesto, nos topamos con los líricos más o menos desenfrenados. Entusiastas y ávidos, confunden la hipótesis con el descubrimiento y el vuelo de la imaginación con el paciente rastrero en los laberintos de la historia y la mitología. Si la pasión, inspirada en la experiencia personal, los lleva, de cuando en cuando, a iluminar consabidas tinieblas, no les permite, en cambio, abrir horizontes válidos y útiles para los demás. De acompañarlos el talento y la dedicación literaria, podrán llegar a ser buenos escritores. Para convertirse en científicos necesitan acomodar sus certidumbres subjetivas, verdaderas o supuestas, a los arduos métodos comprobatorios que una tradición milenaria les impone.

Entre estos dos extremos, descuella la obra singular de R. Gordon Wasson, fundador, con su esposa Valentina Pavlovna, de la etnomicología. El mismo ha contado cómo, en 1927, durante una luna de miel, le vinieron a la mente dichas inquietudes. Era, a la sazón, periodista y financiero. Ella, rusa de nacimiento, dio en cosechar, en el curso de uno de sus paseos, los hongos comestibles que le salían al paso. Y consiguió, vencidas las pasajeras alarmas, que él comprendiera así su disfrute en la mesa como el interés por los usos y costumbres relativos a ese manjar. Armados de un enorme arsenal de datos extraños, fueron extrayendo no menos extrañas conclusiones sobre la importancia de los hongos en la historia de la humanidad. A la cual, según aprendieron, cabía dividirla en un par de grandes grupos: los micófilos y los micófobos. ¿Irreconciliables ente sí? Sólo en la superficie; pues en lo fundamental ambas actitudes obedecían a una pareja, y no siempre consciente, sacralización del hongo: los unos manteníanse fieles al tabú erigido al respecto por sus antepasados, en tanto que en los otros había sobrevivido la devoción amorosa.

En 1952, el poeta Robert Graves puso en conocimiento del matrimonio Wasson algunos datos adicionales y decisivos, relacionados con un culto al hongo sagrado entre los indios de México. Y tres años más tarde, tras mil estudios y pesquisas, Valentina y su esposo participaron, por vez primera, en el ritual mazateco. De todo ello nació _Mushrooms, Russia and History, que la Saturday Review_ designó “uno de los libros más curiosos y, por cierto, de los más caros que han sido publicados en los Estados Unidos en mucho tiempo”. La edición constaba de 350 ejemplares, cada uno de los cuales se vendió al precio de ciento veinticinco dólares. Nunca, que yo sepa, se reimprimió. Asimismo, en diciembre de 1958, y con precio similar, se publicó en París, firmado conjuntamente por Wasson y por Roger Heim, _Les Champignons halucinogenes du Mexique_. Este último libro, dedicado a la memoria de Valentina Wasson, ya para entonces fallecida, contó además con la colaboración de un impresionante equipo técnico, en el que descollaba Albert Hofmann, el sintetizador del LSD; R.G. Wasson se encargó de tres capítulos sustanciales: un recuento de sus experiencias en Huautla y de su indagación en otras regiones del contemporáneo México; la recopilación de fuentes nahuas y novohispanas, alusivas a los teonanácatl, los hongos divinos; y un enfoque etnomicológico de la arqueología mesoamericana.

En 1964, escribí que esta edición del Museo Nacional de Historia Natural en Francia no había sido superada.

Sigo pensándolo. Harto repetida y, a las veces, complementada en detalles, permanece como un texto clásico y legendario, lejos del alcance de nuestros estudios por su rareza y por ser México un país ayuno de bibliotecas públicas. No deja de lastimar que el estudio a fondo de nuestras raíces se reserve, en tan sobresalientes aspectos, a la pericia de los extranjeros, mientras los nativos se debaten en la penuria de nuestras academias, cuando no se enclaustran en olímpico interés. Pero tampoco dista de entrañar un consuelo la fortuna de habérsenos deparado la pasión serena de un R. Gordon Wasson, más allá del proselitismo de los fanáticos, y de la tediosa rebusca de los circunspectos.

Wasson pondera y gradúa su afición, de manera que no se le disperse en simple apologética. Madura sus intuiciones hasta hacerlas fructificar en proposiciones concretas. Huye de la efímera trivialidad del guru, y no vacila en solicitar el auxilio de los más capacitados en ajenas especialidades. Salvo los fragmentos traducidos en _Vuelta_, por lo demás elocuentes, desconozco la versión original de su trabajo sobre el soma hindú. Pero me he leído de un tirón las ciento veintiséis páginas de _The Road to Eleusis_; y conste que la densidad del contenido –de las notas, sobre todo– no vuelve fácil la empresa. El libro es una pequeña obra maestra de arqueología teológica y botánica.

No hay en él esa ambición totalitaria y sospechosa que esteriliza al bodrio, de paralelas ambiciones, que nos infligió John M. Allegro sobre la interpretación etnomicológica del mito cristiano, _The Sacred Mushroom and the Cross_. El ahínco del señor Allegro, cuya competencia lingüística me abstengo de juzgar, se resuelve en interminables listas de palabras sumerias, acadias, ugaríticas, semíticas, sánscritas, hebreas y arameas, sirias, arábigas, persas, griegas y latinas; inmenso e indigesto repertorio que acaba teniendo un solo significado: el hongo ubicuo y pancósmico, responsable de cuantos versículos tienen la Biblia y de cuantas sublimidades conocieron los helenos. Por más que la encuesta nos fascina y la abordemos sin gamoñería, resulta imposible seguirla. Baste asentar que, según Allegro, sean cuales fueren sus orígenes y las variaciones sufridas en su grafía a causa de una evolución incomprobable y, por eso, dogmática, todas las palabras listadas en _The Sacred Mushroom_ desencierran idéntico referente. Aun el sexo culmina ostentándose como máscara del delirio micófilo. Abolida la lucha de clases, pulverizada la voluntad de poder, aniquilados el Eros y el Thánatos, la solidaridad humana, el instinto y el sueño, la apetencia de belleza y justicia, no resta otro motor de la historia que la tiranía criptógama. El reductivismo es atroz. El efecto final sería grotesco, si no lo esfumara el aburrimiento del lector.

Wasson, por su parte, se mueve no en las antípodas, sino en una cauta serenidad muy plausible. Él sí sabe de qué se trata; pero tampoco ignora los buenos modales, a la postre más redituables. Descuenta la inefabilidad de la vivencia mística y apenas si ensaya la paráfrasis. Al margen de su certeza intuitiva, prefiere condensarla en preguntas a los eruditos y no usurpa el derecho a la respuesta. De los seis capítulos en que se distribuye _The Road to Eleusis_, firma sólo uno, en que se plantea la cuestión. Y no tarda en advertirnos:

I would not be understood as contending that only these alkaloids (wherever found in nature) bring about visions and ecstasy. Clearly some poets and prophets and many mystics and ascetics seem to have enjoyed ecstatic visions that answer the requirements of the ancient Mysteries and that duplicate the mushroom agapé of Mexico. I do not suggest that St. John of Patmos ate mushrooms in order to write the Book of the Revelation. Yet the successions of images in his Vision, so clearly seen but such a phantasmagoria, means for me that he was in the same state as one bemushroomed. Nor do I suggest for a moment that William Blake knew the mushroom when he wrote (his) telling account of the clarity of “vision”...

Semejante advertencia es extraordinaria, en la medida en que se aparta, tanto del común proselitismo de los consumidores de alucinógenos como de las reglas de la ordinaria antropología. No todos los días se halla a un hombre cultivado y experimentado, capaz de dominar el explicable celo profético que deriva del conocimiento directo de tales visiones y éxtasis, poniéndolo al servicio de una búsqueda prudente y meticulosa. Wasson rechaza, con razón, el reductivismo. Existe una pluralidad de caminos para llegar a “la” visión y al éxtasis. Sería infantil, aunque no incomprensible, atribuir la complejidad visionaria del Apocalipsis y de los grandes poemas de Blake a la ingestión, sin más, de un hongo. Ello no quiere decir que el hongo sagrado no esté presente, descarado por abiertas costumbres o disfrazado por el tabú, a lo largo de la historia entera del hombre. La nueva micología, que empezó siendo “hijastra de la ciencia”, bien puede adquirir, a través del estudio empeñoso, insólitas e inesperadas dimensiones, al descubrirse la humilde, rebajada y oculta presencia del hongo psicotrópico en básicos ritos sacramentales de antiquísimas religiones y mitologías. Pero es preciso no cambiar unas ilusiones por otras. La etnomicología deberá aprender de su madrastra algo de sus métodos estrictos, comunicándole a su vez, eso sí, algo de la imaginación atrevida que la hizo nacer.

Y eso es justamente, lo que Wasson ha ido cumpliendo. Ha infundido su controlada fiebre a los técnicos, a los profesionales. En resumidas cuentas, quienes, espoleados por Wasson, resuelven el enigma de Eleusis son Albert Hofman, un químico suizo, excepcional y prestigioso, el que en 1943 sintetizó en su laboratorio la dietilamida del ácido lisérgico (LSD), y Carl A.P. Ruck, etnobotánico helenista (doble especialidad inusual y escurridiza) de la Universidad de Boston. Ancilarmente, se encomendó a Danny Staples una fresca traducción del himno homérico a Deméter, fuente cardinal para el análisis del mito eleusino. Procede hacer constar, por añadidura, que los primeros tres capítulos de _The Road to Eleusis_ fueron leídos por sus respectivos autores en la Segunda Conferencia Internacional sobre Hongos Alucinógenos, celebrada en Washington, en octubre de 1977. Sin embargo, el libro es de Wasson, que promovió y coordinó los trabajos y los condujo a feliz término. Es él quien merece una corona de académicos laureles entretejidos con flores órficas.

En 1961, el poeta Allen Ginsberg, a quien había yo conocido en un coloquio de escritores iberoamericanos, en la ciudad chilena de Concepción, quiso mostrarme su desagrado por los quizá frívolos renglones que a mi regreso le consagré: y al efecto me envió un cuadernillo de versos suyos traducidos al español, con la siguiente dedicatoria que reproduzco letra poo letra: “Va visitar los curanderos que toman hongos en Oaxaca antes de hacer sus juguetes literarios sobre mi mente. –Allen”. Aunque no podría decirse que seguí su consejo, pues nunca he ido a Huautla ni he vuelto a glosar a Ginsberg, sí tuve oportunidad de probar los _psilocybes zapotecorum_ en la primavera de 1964. Al cabo de casi quince años, no tengo inconveniente en reiterar que fue aquélla una experiencia tan definitiva como incomunicable. Ayudado por las veloces notas que, durante el curso de muchas horas de “ viaje” dicté a mi esposa, hilvané en seguida una crónica que pronto se transformó –ya que era ése su cause natural- en un poema, _Carne de Dios_, publicado en la _Revista de la Universidad de México_ y luego recogido en _Todo lo más por decir_ (Joaquín Mortiz, 1971). No sé hasta qué punto impartan mis automáticas estrofas una idea del episodio. Estoy seguro de que son insuficientes, toda vez que lo medular en la experiencia trasciende el lenguaje. Proezas literarias aparte, ni Henri Michaux, ni Antonin Artaud, ni René Daumal, ni menos aún los ejércitos de poetas beatniks y hippies presididos por Ginsberg, han logrado entregar en sus respectivos intentos el meollo de esta suerte de aventuras.

“Hay visiones que uno prefiere guardarse para sí”, comenta Ernst Jünger al transcribir las suyas. Siendo ello exacto, no es la verdad cabal. Independientemente de nuestra voluntad de sigilo o de revelación, hay visiones condenadas, de antemano, al silencio, porque el divulgarlas implica la traición a su vigor y a su hondura. Trivializadas por el manoseo cotidiano, van a dar al basurero de los lugares comunes, o bien se agregan, sin pena ni gloria, a la trillada charlatanería “esotérica” en boga.

¿Cómo, pues, canalizar nuestros hallazgos sin trocarlos en pregón adocenado? Henri Michaux no duda un instante. En el umbral de su _Connaissance par les gouffres_ instala este sensato apotegma: _Les drogues nous ennuient avec leur paradis. Qu’ elles nous donnent plutot un peu de savoir. Nous ne sommes pas un siecle paradus_. Descartados el proselitismo y la comercialización ineludible de los paraísos artificiales, el problema está en aclarar qué clase de saber buscamos, y cúales son los caminos que al saber conducen. Y a tal esclarecimiento contribuyen no poco averiguaciones com las impulsadas por Wasson; como las esbozadas por R.E.L. Masters y Jean Houston en _The Varieties of Psychedelic Experience_ como las del antropólogo Peter Furts, diestro investigador de las relaciones entre loa alucinógenos y el ritual en nuestras diversas culturas indígenas. Semejantes estudios nos aproximan a la sabiduría acumulada a lo largo de los siglos en distintas tradiciones y, al desvelar enigmas actuales y pretéritos, subrayan que el hombre es siempre el mismo donde quiera se le sitúe y se le cultive. Y que el requerimiento de una estructura ritual en el manejo de sus problemas, antes que un apremio despótico, constituya una sabia manera de mantener a raya el caos amenazante. En último análisis, además de una cortina que se tiende sobre el misterio, acaso sea el mito una escala que gradúa y orienta nuestros pasos en nuestra elevación al conocimiento.

La publicidad que siguió a los descubrimientos de los Wasson en Oaxaca (en especial sus artículos en _Life_ y otras revistas de gran tiraje) hizo de María Sabina, la sabia “curandera” mazateca, una figura internacional pero al propio tiempo convirtió a Huautla en sospechoso centro de atracción turística para una turba de jóvenes ociosos, cazadores de sensaciones “exóticas”, que la infestaron sin respeto alguno a su carácter de santuario secular. “Supuestas las simas de vulgaridad del periodismo contemporáneo –reconoce Wasson–, era inevitable que cundieran por el mundo entero toda suerte de narraciones envilecidas. Lo previmos todo, y así fue, hasta el punto de que los ‘federales’ tuvieron que emprender una limpia a fondo en algunos pueblos indios de las tierras altas mesoamericanas a fines de la década pasada, para deportar a una chusma de balas perdidas que vagaban por allí haciendo de las suyas”. Sin embargo, María Sabina digna heredera de una tradición centenaria, no sucumbió a dicho envilecimiento. Gracias al escritor mazateco Álvaro Estrada, conservamos, de la maravillosa “curandera”, el testimonio de su estoica actitud.

En cierto tiempo vinieron jóvenes de uno y otro sexo, de largas cabelleras, con vestiduras extrañas. Vestían camisas de variados colores y usaban collares. Vinieron muchos. Algunos de estos jóvenes me buscaban para que yo me desvelara con el _pequeño que brota_. “Venimos a buscar a Dios”, decían... Más tarde supe que los jóvenes de larga cabellera no necesitaban de mí para comer _cositas_. No faltaron paisanos mazatecos que, con el fin de obtener algunos centavos para comer, vendieron los _niños santos_ a los jóvenes. A su vez éstos los comieron en el lugar que quisieron; lo mismo les daba masticarlos sentados a la sombra de cafetales que sobre un peñasco en alguna vereda del monte. Estos jóvenes, rubios y morenos, no respetaron nuestras costumbres. Nunca, que yo recuerde, los _niños santos_ fueron comidos con tanta falta de respeto. Para mí, no es un juego hacer veladas. Quien lo hace para sentir simplemente los efectos puede volverse loco y quedar así temporalmente. Nuestros antepasados siempre tomaron _niños santos_ en una velada presidida por un sabio...

Antes de Wasson, yo sentía que los _niños santos_ me elevaban. Ya no lo siento así. La fuerza ha disminuido. Si Cayetano no hubiera traído a los extranjeros..._los niños santos_ tendrían su poder. Hace muchos años, cuando yo era niña, brotaban en todas partes. Nacían alrededor de la casa (pero) había que ir a lugares lejanos a buscarlos, donde la vista humana no los alcanzara. La persona indicada para recogerlos debía de guardar cuatro días antes la abstinencia sexual. En esos cuatro días, tenía prohibido asistir a velorios para evitar aire contaminado de los difuntos...Desde el momento en que llegaron los extranjeros..._los niños santos_ perdieron su pureza. Perdieron su fuerza, los descompusieron. De ahora en adelante ya no servirán. No tiene remedio. (Álvaro Estrada, _Vida de María Sabina, la sabia de los hongos_. México, Siglo XXI, 1977.)

El comentario de Wasson a esta noble denuncia del sacrilegio es característica de un hombre de ciencia. Deplora –y no nos cuesta trabajo creerle- la extinción, por culpa suya, de una práctica religiosa “que se remonta a milenios atrás”. Lo estremece el sentirse, y el haber sido designado, responsable del ocaso. Pero la ruptura del secreto, argumenta, estaba justificada. Desde un principio el descubridor hubo de optar entre ocultar sus hallazgos o decidirse a presentarlos dignamente al mundo. Y la decisión se impuso: “Los hongos sagrados...tenían que ser dados a conocer...como era debido, sin importar lo que me costara. De no hacerlo así, la ‘consulta al hongo’ duraría unos años más, pero su extinción era y es inevitable. El mundo sabría vagamente que había existido tal cosa, pero no la importancia de su papel”.

Todavía recuerdo, como si fuera ayer, las circunstancias de mi propia experiencia. Desprovisto del escenario ritual, luché deliberadamente contra el incipiente aluvión a los pocos minutos de haber ingerido los hongos. Temía yo ser presa de la autosugestión, y no deseaba colaborar en ella. Pero la catarata de imágenes venció mi resistencia, trayendo consigo los momentos de mayor lucidez y certidumbre que he conocido. Con todo, tiempo después, al analizar aquellas intensas horas, me encontré sumido en una contradicción espantosa. Mi experiencia me había llevado a las más profundas raíces de la solidaridad humana; no obstante lo cual, la experiencia en sí misma me aislaba de los demás, inhábiles en comprender lo que yo era inepto para expresar. Como el Lord Chandos de von Hofmannsthal, me vi reducido al torpe y solidario bosquejo de lo inefable.

María Sabina refiere que en las visiones de los iniciados, los “Seres Principales” preguntan a cada uno qué tipo de sabio quiere ser; y que de acuerdo con la respuesta, cada iniciado recibe “un libro que contiene el Lenguaje que ha escogido”. Ahora certifico cuánto he echado de menos, en el curso de todos estos años, uno de esos libros: un Lenguaje, o marco mítico, propicio a mis cavilaciones y a mi genuina inserción en el mundo.

Confiéselo o no, el partícipe profano en lo que Jünger llama “el simposio de los hongos”, cuando la hondura de sus “visiones” no le permite ya ponerlas en duda, procura, casi con desesperación, el auxilio de un sistema intelectual (o mítico) que, confirmándolas, le brinde el acervo de metáforas capaz de digerirlas, y una brecha posible al diálogo con un mundo que sólo acepta filosofías codificadas, disfrazadas de historia fósil. Por mi parte, recurrí a la lectura de Hegel, de los neoplatónicos y los presocráticos, del budismo y del hinduísmo, de William Blake y William Butler Yeats, de la Cábala y la Alquimia y la mitología precolombina. Pero es difícil evadir el tono de suficiencia profética que semejantes textos confieren al desavisado. No los recomendaría sino en pequeñas dosis e intercalándoles, de trecho en trecho, un grano de sal.

Como quiera, en 1965 me dirigí a Grecia, nombrado providencialmente embajador en un país que atesoraba para mí secretos fascinantes. Entre ellos, el de Eleusis, arcaico santuario cuyo enigma jamás había sido penetrado. Robert Graves había ya comenzado a divulgar algunas de las conjeturas de Wasson al respecto, añadiéndoles otras de su personal cosecha. Y no me parecía arriesgado darles pleno crédito. Lo poco que se sabía en torno a los Misterios causaba un diáfano parentesco con nuestros “simposios de hongos”.

Basta hurgar en el legado de los antiguos poetas y filósofos para comprobar esos vínculos subyacentes. Claro que, como quiere Malraux, “una Grecia secreta late en el corazón de todos los hombres de Occidente”. Pero con México la liga es doble. La declara nuestra cultura occidental, deudora de lo helénico, a la vez que la ratifican comunes, previamente ocultas fuentes de sabiduría. Sólo que nuestros sueños y visiones prehispánicos se extinguieron antes de madurar en fruto aprovechable, en tanto que los griegos lograron dar forma universal a los suyos. Su temperamento visionario, harto recalcado por helenistas de la talla de Guthrie y de E.R. Dodds, mantenía los pies en la tierra y transformaba sus epifanías en normas concretas de vida. La posesión divina (el _enthousiasmós_) se equilibraba en el _logos_, y la arrogancia transgresora recibía, incluso en el orden cósmico, según enseña Heráclito, la maldición y el castigo de las Erinias. El sentido expreso de Eleusis era el de un rito purificador y libertador.

Por infortunio, el ambiente de la Grecia actual no propicia este tipo de investigaciones. En tres años de estancia no encontré a nadie que me ilustrara en mis inquietudes órficas. En el mejor de los casos, hallé oídos atentos; finos espíritus que admitían tranquilamente la probabilidad de la hipótesis etnobotánica. Giórgos Seféris leyó en inglés mi _Carne de Dios_ y me hizo entender que coincidía con mucho de lo que él había adivinado a través de la poesía. Nános Valaorítis me aseguró que Atenas albergaba a un grupo numeroso de escritores y artistas griegos que habían experimentado con psilocibina o drogas similares, y prometió presentármelos. Pero el golpe de los coroneles lo arrojó al exilio, y ya no supe más de él. Terminé refugiándome, sin ulterior aprendizaje digno de mención, en mis lecturas y escrituras. Mi tímida indagación etnomicológica debió ser clausurada con este párrafo en mi diario:

“_Wishful thinking_? No lo creo. Claro que me complace pensar en este acercamiento de Eleusis a México. Y de Dyónisos a nuestro Tláloc. Pero no es una mera fantasía, subjetiva o caprichosa. Con gusto profundizaría yo en ello, si tuviera la competencia o los consejeros necesarios. Me extraña que los investigadores griegos -¿dónde están?- no lo hagan...No, después de todo no me extraña demasiado. Los mejores libros sobre nuestros mexicanísimos hongos están firmados por sabios extranjeros: Roger Heim, Gordon Wasson”.

No fue excesiva mi sorpresa, pues, cuando al leer en _Reloj_ de Atenas el párrafo que antecede, Octavio Paz me anunció un próximo libro de R. Gordon Wasson sobre el enigma de Eleusis. Y ahora que he tenido _The Road to Eleusis_ en mis manos, es cabal mi satisfacción.

¿Así que el ergot o _Claviceps purpurea_, llamado en español cornezuelo, resulta ser, en suma, el responsable químico del éxtasis eleusino? No se me juzgue presuntuoso si apunto que la idea me había ya venido a la cabeza, dada la constante aparición de la espiga en el simbolismo de los Misterios. Hube de relegar esa pista a segundo término, sin embargo, pensando en el desuso helénico del centeno, huésped usual del ergot. Ignoraba, entre mil cosas, que el cornezuelo nace también, con vigor invariable, en el trigo y en la cebada, y aun en la vulgar cizaña. ¿Quién podría competir con la erudición de un Albert Hofmann, que en párrafos concisos colma las lagunas, agregando que las llanuras adjuntas a Eleusis estaban llenas de cebada, páspalum y otros huéspedes del pequeño hongo parásito?

El soporte documental ofrecido por el profesor Ruckes, asimismo, impresionante. Si bien, quizá, demasiado compacto. Buena parte de las incontables notas, todas requeridas por el aparato científico, ganarían con la incorporación al texto, literariamente diluidas en él. ¿Y por qué no agrupar en un apéndice la nutrida y desperdigada bibliografía? ¿Y por qué renunciar al índice que uno pediría en un volumen no por corto menos denso? La sobriedad ha sido llevada al extremo.

Pero las pruebas son convincentes. Y es lo que importa. La Medusa que “pierde la cabeza” a manos de un héroe inspirado por los hongos es más que una libre interpretación del mito de Perseo, especialmente si la exhibe el dibujo de un ánfora del siglo IV a.C., existente en el Staattliche Museum de Berlín. La inquisición sobre el vino clásico y sus eventuales propiedades alucinógenas por la infusión de ciertas yerbas explica la sacralización de las festividades dionisíacas. La invocación asidua a la flor y del canto de los nahuas. Desde luego, Perséfone, imagen estelar, junto con su madre y alter ego, Deméter, de la sagrada familia eleusina, fue secuestrada por el dio de los infiernos cuando cosechaba flores en compañía de las hijas del Océano, en un lugar llamado Nysa, lo cual subraya su abolengo dionisíaco; y las flores principales que Perséfone recogía eran narcisos. Ahora bien, comenta Ruck, los mismos griegos pensaban que el nombre del narkíssos obedecía a las ciudades a las ciudades narkóticas de la planta (derivación que cualquiera puede comprobar en el Greek Lexicon de Lidell and Scott, en donde se cita a Plutarco en tal sentido), aunque no es probable que se trate del vegetal que hoy conocemos bajo esa denominación, Narcissus poeticus. Todo el mito fundamental de Eleusis, condensado en el himno homérico a Deméter, está sembrado de alusiones veladas al herbolario psicotrópico, en cuyo manejo debieron ser diestras las múltiples generaciones de hierofantes.

Muchos gritarán: ¡blasfemia! ¡sacrilegio!, así como los bondadosos frailes hispanos clamaban ¡pecado! ¡cosas del demonio!, tras el somero contacto con los indios “poseídos” por el hongo. No hagamos caso de semejantes protestas. Los contemporáneos avances de la bioquímica y de la psicofarmacología también habrían sido considerados blasfemos y demoníacos en otro siglo. Hoy apoyan nuestra tesis. Es posible, de hecho, provocar importantes visiones con medios químicos, ya sean sintetizados en el laboratorio o localizables en la naturaleza. Y asimismo sabemos que el medio empleado, con tal que lo manejen manos expertas y se oriente como es debido al sujeto del experimento, no disminuye la veracidad de esa experiencia, que sigue llamándose “alucinación” sólo a falta de mejor palabra. Los misterios de Eleusis, que conmovieron en su tiempo a Píndaro, Platón, Sófocles y Eurípides, y aun al severo Aristóteles, fundador del racionalismo, no saldrán disminuidos de la categórica dilucidación. Por su puesto que el agente químico no basta para lograr el “éxtasis”, ni le compete la integración de esa experiencia, sea lo que fuere, en la perspectiva de cada individuo; de cada vida particular que pasa por ella. Nadie pretende tampoco –admitida la excepción de gente como John M. Allegro– que el hongo sea la única vía hacia la contemplación mística.

Wasson evoca a un anónimo arquéologo inglés, especializado en ruinas helénicas, que le escribió, en 1956, una carta en la cual lo reconvenía amistosamente por haber manifestado, en un recinto académico, su creencia en una solución etnomicológica del enigma de Eleusis. “Atente a tus hongos mexicanos –le advertía el arquéologo–, y cuida de ver hongos en todas partes. Yo no creo que Micenas ni Eleusis tengan nada que ver con ellos”. Dicho erudito falleció ya, y no podrá, por tanto, externar su parecer sobre los actuales resultados de la investigación que entonces alboreaba. Pero hay otros muchos “sabios” que pondrán el grito en el cielo. Pierdan cuidado Wasson y sus colaboradores. Esa indignación es tan efímera como yerma. No por ella será menos obvio que Micenas tiene mucho que ver con la misma palabra, mykis, que da su nombre a la micología moderna. Los hongos sí están en todas partes, aunque no lo expliquen todo. Llámenseles “niños santos” o “carne de dios” en México, Kykeon en ritual eleusino, o soma en la India, los psilocybes, la Claviceps purpurea y la Amanita muscaria son, no obstante la humildad de su nacimiento, decisivos personajes históricos y fascinantes objetos de investigación. Wasson, Ruck y Hofmann han comprimido la suya en ciento veintiséis páginas. El antropólogo anglo-heleno George E. Mylonas dedicó trescientas, hace pocos años, a persuadirnos, con lujo de erudición destructiva, de que la ignorancia que rodeaba a los Misterios de Eleusis era invencible; pero su machacón escepticismo no resiste el sumarísimo análisis a que lo somete el profesor Ruck. En cambio, determinados esbozos de interpretación filosófica, como el penetrante ensayo de Walter F. Otto en los Eranos Jahrbücher, cobran nuevo sentido, reconciliándose sin dificultad con la hipótesis etnomicológica. No hay más que confrontar el estudio de Otto con los nueve puntos en que el doctor Walter N. Pahnke, de la Harvard Medical School, resume la típica “experiencia religiosa” obtenida por la ingestión del ergot (V. Walter N. Pahnke, “LSD and Religious Esperience”, en LSD, Man and Society, Middletown, Conn., 1967). Se verá que el vocabulario es casi el mismo, y que las descripciones del segundo completan ferazmente las intuiciones del primero.

Esto no quiere decir que todo el mundo haya de desempeñarse en consumir psicotrópicos for kicks o para conseguir una educación mística, sino, apenas, que convendría proseguir la investigación rigurosa, evitando, en la mayor medida posible, los peligros de diversos órdenes que conlleva la excesiva divulgación y el uso irrestricto; peligros que no pueden soslayarse a la ligera. En lo personal, he de admitirlo, no soy muy optimista en cuanto al nuevo aprovechamiento de la vieja sabiduría. Si en varios milenios de práctica eleusina los más talentosos griegos no fueron capaces de fertilizar su lenguaje de modo que lo inefable encontrara luminosa cabida en él, una sociedad tan falta de imaginación y sensibilidad como es la de nuestro siglo quizá deba seguir contentándose con las imágenes y parábolas del pensamiento mítico (que según las describe Aristóteles, dicen la verdad a través de ficciones) y con los destellos a media voz de la poesía.

El hombre, definía el Hiperión de Hölderlin, es un dios cuando sueña, y un mendigo cuando reflexiona. Por sueño no entendía la pérdida de la conciencia, sino la abolición de las fronteras que la individualizan; ambiciosa meta que no todos estamos preparados para asumir sin pagar, como el infortunado poeta de los himnos titánicos, un precio desmedido. Bien haremos, no obstante, en alimentar con chispazos de sueño a una reflexión viable en este mundo de mendigos. Estoy seguro de que Gordon Wasson, cuyo amor por las cosas de la tierra lo insta a mantener sobre ella los aventureros pies, no se propone objetivos muy distintos al reconstruir, en nuestros días, el camino hacia Eleusis.
ver en vivecondrogas.com

estás viendo:
Nuestro camino a Eleusis
volver arriba

Antropología #Alucinógenos o #enteógenos Etnobotánica Hongos psilocíbicos


comentarios
Entrar para agregar comentario:
entrar


DrogasMexico.org es un proyecto de Convivencia y Espacio Público AC y el Colectivo por una Política Integral hacia las Drogas AC.
Agradecemos el apoyo de Open Society Foundation, Angelica Foundation y Tides Foundation