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Morir sin morfina
Mexico: Un gran avance en el tratamiento del dolor


Leí el mensaje y sentí al instante que el estómago se me encogía. Me negué a creer que era verdad y apagué el teléfono como si con eso cancelara la recepción de malas noticias. Quería tiempo para engañarme. Seguramente leí mal esas tres palabras, me dije. Después de una larga inhalación volví a encender...
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Morir sin morfina

Óscar Balderas

Viernes 24 de julio de 2015 (29/07/15)
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Leí el mensaje y sentí al instante que el estómago se me encogía. Me negué a creer que era verdad y apagué el teléfono como si con eso cancelara la recepción de malas noticias. Quería tiempo para engañarme. Seguramente leí mal esas tres palabras, me dije.

Después de una larga inhalación volví a encender el celular, con ganas de que ese mensaje de texto no me estuviera esperando en la pantalla. Pero ahí estaba: “Tiene daño cerebral”. No había nada más que hacer.

Entonces escuché sus carcajadas. La risa escandalosa de mi madre, la voz que agudiza mi papá cuando bromea, los chistes de mi hermano. Dos minutos antes los había dejado en la sobremesa, alrededor de una pizza con la que celebrábamos nuestro primer día de vacaciones familiares en años. Estaba en el baño del primer piso, esperando a que el agua entibiara para quitarme el sudor que causan 28 grados en Playa del Carmen, Quintana Roo, y aproveché para revisar el grupo de WhatsApp que la familia usaba para informar el estado de salud de quien en los últimos días parecía que se recuperaba en la cama de un hospital. Las risas de todos subían hasta la regadera y se colaban por el ruido del agua cayendo, cuando apareció ese mensaje que me esperaba hace dos minutos. Enseguida, llegó otro que decía la palabra “fin”.

Cerré la llave. Me volví a vestir sin saber para qué. Abajo, las risas continuaban. Quise ir a la mesa y anunciarles que las buenas noticias que esperábamos se habían convertido en la peor posibilidad, pero me quedé en el baño. Dales unos minutos, pensé. El día había sido maravilloso y quería alargar esa sensación tanto como pudiera. Si habíamos elegido vacacionar ese 3 de mayo fue porque confiábamos en la recuperación y ahora el panorama se había ensombrecido.

De pronto, las risas cesaron. Fue la señal de que ya habían leído los mensajes de texto. Bajé la escalera temblando y encontré a mi familia con el rostro desencajado. Mi abuela, madre de mi mamá, de 82 años, matriarca cariñosa de cuatro hijos y ocho nietos, daba los pasos definitivos hacia su muerte, luego de una vida plena que se tambaleó nueve semanas antes por sus ingresos hospitalarios a causa de cardiomegalia (agrandamiento anormal del corazón). Su enfermedad calzaba perfecto con su amorosa presencia: tenía el corazón demasiado grande y el sobreesfuerzo en el pecho había causado una falla generalizada en su organismo.

Abrimos computadoras y carteras. Desechamos los boletos que nos regresarían a la Ciudad de México cuatro días después y reservamos los más próximos. Verla antes de que falleciera era una carrera de mil 600 kilómetros contra el tiempo.

En segundos, el objetivo familiar cambió. En lugar de ir en pos de su recuperación, había que velar para que su muerte fuera lo más indolora posible, tal y como lo pidió cuando estaba lúcida. En situación extrema, ella prefería dejar que su enfermedad avanzara en un sueño de analgésicos, en lugar de aferrarse artificialmente a una vida que ya no es vida.

En las horas siguientes, mi mamá, mi papá, mi hermano, mi cuñada y yo llegamos en distintos vuelos al aeropuerto capitalino y de ahí hasta la Clínica 32 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) para cumplirle su último deseo, ese que no se le concede a muchos mexicanos: morir sin dolor.

[Fragmento seleccionado por J.S]

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