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De todos los misterios que guarda la ciudad, ninguno como las plantas alucinógenas que –según algunos– se ocultan en los parques. Aunque la...La idea de buscar plantas alucinógenas en la ciudad nació hace dos años, el día que una botánica francesa me mostró el toloache que crece en su jardín de la Condesa. La mujer vive frente...
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DF psicodélico

Leonardo Tarifeño

Miércoles 10 de diciembre de 2003 (04/11/04)
revista dF ver en vivecondrogas.com

De todos los misterios que guarda la ciudad, ninguno como las plantas alucinógenas que –según algunos– se ocultan en los parques. Aunque la verdad es que no se ocultan. Quizás estén allí, a la espera de ser descubiertas.



La idea de buscar plantas alucinógenas en la ciudad nació hace dos años, el día que una botánica francesa me mostró el toloache que crece en su jardín de la Condesa. La mujer vive frente al parque España, en un segundo piso donde la vecina siempre escucha a Shakira o al Buki. Para llegar a su casa hay que atravesar un pasillo oscuro y lleno de gatos, luego aparece una escalera de caracol y poco a poco los escalones se confunden con plantas de todos tamaños y colores. La tarde que yo fui, un gato negro me siguió hasta la puerta. Un enjambre de macetas, flores y enredaderas cubrían la entrada. De fondo, como un eco, Shakira cantaba algo de “un cielo sin sol y un hombre sin suelo”.

Quizás debería decir por qué fui allí. Pero de momento prefiero recordar que yo tampoco sabía exactamente para qué estaba en la puerta de ese segundo piso, con un gato negro entre mis pies y rodeado de plantas y presagios. Había pedido esa cita con la intención de escuchar la experiencia místico-científica de la mujer con el peyote, tres días antes de partir hacia Real de Catorce para comer el cactus sagrado y publicar el relato personal de mi propio “viaje” en la revista Gatopardo. Sin embargo, una semana antes y en otra entrevista previa al viaje, el cineasta Nicolás Echeverría me había advertido que “en la película que provoca el peyote, el que lo come es el único guionista. Todo lo que pasa, lo bueno y lo malo, es el reflejo de uno mismo”. Entonces, si el trip alucinógeno iba a ser absolutamente íntimo, ¿para qué pedir más descripciones ajenas? La pregunta tenía una sola respuesta, pero ese día de hace ya dos años le hice más caso alas incógnitas y golpee la puerta de madera sin siquiera saber para qué. Tal vez me la abrieron para que ahora escriba esta crónica, tal vez pueda cerrarla si cuento lo que pasó.

La francesa había comido peyote cinco años atrás. Desde ese instante, y a partir de sus “visiones”, se interesó cada vez más en la cultura neopsicodélica y comenzó a relacionarse con cierto esoterismo new age. De San Luis Potosí trajo una mermelada de peyote y piloncillo, y unos cactus que a la distancia me parecieron secos. Al rato me explicó que de secos no tenían nada, y que si los colocaba a la vista no era para comérselos con el desayuno sino para que protegieran la casa. “Igual que las plantas de afuera, ¿no las viste?”, me preguntó. Como yo había visto sin ver, me llevó otra vez al umbral. Y por las dudas de que siguiera hundido en mi ignorancia, las describió una por una: la flor blanca, perfumada y abierta, es la datura, el “toloache” del que se habla como tónico para atontar y enamorar; la blanca y verde, más pequeña y dentada, también es datura, pero del tipo “estramonio”; la flor blanca y redonda que sale de la enredadera de tallo leñoso es el “piule” de los mazatecos, y se usa especialmente en la adivinación, y la de abajo, que crece como una vaina espinosa, es una jurema, el “tepescohuite” que ella no había probado ni quería probar.

–¿Cómo pueden crecer esas plantas aquí?, quise saber.

–No todas prenden, y no deben estar demasiado cerca entre ellas para que puedan crecer. Son plantas de poder, deben tener su propio espacio. Hay que saber respetarlas y cuidarlas.

–¿Y de dónde le trajeron los brotes?

–De ningún lado. Los corté yo en algunos parques.

Y así nació la idea de buscar plantas alucinógenas en la ciudad.

La ciudad tiene secretos, y la mejor manera de guardar un secreto es ponerlo a la vista. A esa conclusión llegamos Polo y yo en el Parque España, después de encontrar dos flores de toloache a pocas cuadras del jardín alucinante que había visto un par de años atrás. Polo estudia Antropología en la UAM, cuatro de cinco tardes merodea por el Chopo y a eso lo llama “estudiar la calle”. Quizá sea un progreso: entre los 18 y los 20 lo que estudió fue el desierto, fanatizado por las visiones de peyote en Real de Catorce. Su autor de cabecera era Carlos Castañeda, al que veneraba sobre todo porque ponía en palabras lo que Polo todavía no sabe cómo describir. Don Juan decía que “mescalito” enseñaba la forma correcta de vivir, y en el fondo ninguna visión le parece más profunda que eso. Pero el indio yaqui también hablaba de dos “aliados”: el “humito” de ciertos hongos y la datura o “yerba del diablo”, que Castañeda se unta por todo el cuerpo bajo las instrucciones de su maestro. “El solo estar frente a la planta me producía una raro estado emocional, una claridad de pensamiento o un poder de concentrarme en mis acciones del que ordinariamente carezco”, escribe Castañeda a propósito de la datura en Las enseñanzas de don Juan. Al adolescente Polo, que ya había seguido el camino castanediano hacia el peyote, no hubo que decirle más. Con unos amigos fue a Oaxaca y participó de una ceremonia chamánica con hongos. Y en una casa de Cuautla probó la datura preparada para un té. “No vuelvo a hacerlo más”, me dijo en el teléfono, cuando lo llamé para que me ayudara a encontrar plantas de poder en los parques de la ciudad; “fue demasiado para mí. Sentí que me desdoblaba, como a veces me pasó con el peyote, pero abrumado por algo que no podía explicar. Era como si me hubiera muerto y me viera a mí mismo, vivo. Pero yo sabía que había muerto. Nunca sentí una angustia tan profunda, justo al revés de lo que le había leído a Castañeda. Sé que en cada ocasión, como cada persona, la experiencia de un alucinógeno es diferente, pero al toloache no lo quiero volver a verlo.”

Días después, Polo vio el toloache debajo de los árboles más altos del Parque España, y se metió entre las plantas antes de que pudiera detenerlo. Era domingo, las familias paseaban alrededor y las carreolas con bebés no parecían la escenografía ideal para la euforia de mi amigo. “En el Chopo hay varios chicos que hicieron lo mismo; cortaron las plantas pero luego no sabían como prepararlas. Y dicen que hay varios lugares en la ciudad donde crecen naturalmente, como el Lira o el Parque Hundido”, me gritó, mientras avanzaba por el follaje con el entusiasmo ecológico de los peores programas de Discovery Channel. La flor se veía idéntica a la que tiempo atrás me habían presentado en los dominios de la francesa: blanca, abierta, como una campana al revés. La planta era grande y delicada, de un metro o más; un globo cerrado y espinoso que podía ser fruto colgaba entre los tallos de abajo, y el perfume de las hojas me transportó otra vez al extraño espíritu del castillo alucinógeno que teníamos enfrente. Para verificar el valor del presunto hallazgo, cruzamos la calle e invitamos a la francesa a ver con sus propios ojos. Ella confirmó nuestras sospechas, pero relativizó el mérito y la importancia del descubrimiento. “La planta de toloache es muy reconocible para el que la ha visto una o dos veces, no se trata de un hongo venenoso que uno puede confundir con uno comestible. Tampoco es como el peyote, que está al ras de la tierra y se esconde con u poco de tierra o polvo. Encontrarla sólo es cuestión de estar un poco atento”, dijo, con desdén o aburrimiento.


–Pero es toloache, un alucinógeno poderosísimo...¡Y crece en la ciudad!

–Claro, porque crece por todas partes, en toda la ciudad. Ésta es su zona, éste es su clima, desde hace cientos de años que está aquí. ¿Por qué no iba a crecer?

–Uno tiende a pensar que una planta alucinógena sólo crece en lugares muy específicos y en condiciones particulares...

–Y es que éste es un lugar muy específico, y aquí se dan sus condiciones particulares. Yo no diría que sólo es un alucinógeno. Es una planta de poder, por eso crece donde sabe que su poder también crece. Si pasa desapercibida, es porque la planta quiere que no la vean. Y cuando la encuentran, es porque se decide a aparecer.


La francesa podría trabajar como guía en un posible tour psicoactivo de la ciudad de México, pero últimamente prefiere pasar más tiempo en Oaxaca que en el D.F. Una lástima. Lo que se pierden los extranjeros del turibús. Ir con ella por el camellón de Ámsterdam, en la Condesa, es abrir los sentidos a una jungla visible y secreta a la vez. ¿Será igual con todas las cosas, a lo largo de esta ciudad inagotable y única? ¿Cuántos enigmas de estas calles y avenidas se podrían descubrir solamente con mirar de otro modo? Así como quedan ruinas y misterios enterrados bajo la piel urbana, ¿no habrá huellas de magia en cada rincón y en cada esquina, ocultas por la ceguera rutinaria con la que vivimos la ciudad? Quien sabe. Lo cierto es que, tras escuchar a esta botánica si abrir los ojos, uno se podría imaginar en el corazón de la Amazonia. Pero la realidad es que estamos en lo que alguna vez fue un hipódromo, en una de las zonas más fashion del país. Y mientras deslumbra con su saber etnobotánico, nuestra amiga intercala reproches por la época en la que se nos ocurre salir de cacería alucinógena. Según dice, diciembre y enero no es el mejor momento para buscar plantas alucinógenas, pero eso no le impide suponer que a un lado de la glorieta de Ámsterdam y Citlaltépetl, enfrente de una peluquería, quedan rastros de una planta de toloache. “Eso que parece un montón de hierba muerta, tiene toda la apariencia de una planta de datura. Yo misma he encontrado toloache en esta calle y en el Parque México, aunque en los meses de lluvia. Ahora es difícil saber qué es eso, habría que esperar a mayo o junio para ver qué florece a su alrededor”, apunta.


–¿En qué otros lugares encontró este tipo de plantas?

–Recuerdo que hace dos o tres años se dieron varios brotes de otra variante de la datura en el Parque Lira. Fue la primera vez que encontré un alucinógeno en un parque de la Ciudad de México. Era extraño, porque además se trataba de otra datura, la estramonio, que tiene un origen desconocido. Del toloache sabemos que los aztecas la usaban en algunos de sus rituales, igual que los tarahumaras. Pero de la estramonio, no hay información de dónde viene y crece en todos los continentes, en los lugares más inesperados.

–¿Qué otras plantas encontró?

–Además del toloache y la estramonio, el piule, que todo mundo admira porque es muy bonita y llamativa. Alguna vez se confundió el piule con la datura, y otros la han visto parecida a la “semilla de la Virgen”, pero no es ni una ni otra. La encontré en el Parque Hundido, también durante los meses de lluvias. Y la jurema o “tepescohuite” la hallé en el Parque de los Venados, en verano, pero desconozco sus propiedades.

–¿No es peligroso que un alucinógeno potente crezca en un parque, al alcance de cualquiera?

–Depende. Preparada e ingerida sin conocimiento, cualquier planta es potencialmente tóxica. En cambio, si se sabe preparar una planta de éstas, digamos que la intoxicación es relativa porque el usuario sabe qué efecto va a tener. Además, aunque la planta esté a la vista...no todo el mundo la ve. Por eso yo no estaría tan segura de que un alucinógeno en este parque esté, de veras, “al alcance” de cualquiera.

Así como quedan ruinas y misterios enterrados bajo la piel urbana, ¿no habrá huellas de magia en cada rincón y en cada esquina, ocultas por la ceguera rutinaria con la que vivimos la ciudad?

Cuando el recorrido termina, una duda me devora: si la planta de poder “aparece” y “desaparece” por su propia decisión, ¿por qué se nos “apareció” en el Parque España? Polo no quiso cortarla porque ninguno pensaba ingerirla ni sembrarla en el jardín de la casa, ¿por eso la planta se dejó ver ante nuestros ojos? Dos años atrás, durante el viaje a Real de Catorce en busca del peyote, recuerdo que no encontré nada mientras tuve miedo. Y sólo cuando sentí que el desierto me liberaba de cualquier precaución instintiva o racional, el cactus apareció debajo de unas matas. ¿El toloache habrá sido igual? Polo y yo dejamos a la francesa en la puerta de su casa, y sin decirnos nada cruzamos al parque para reencontrarnos con la planta. Quizás él pensaba lo mismo, quizás no, parece raro pero no quise preguntar. Ya empezaba a anochecer, un cristal helado cayó sobre la tarde y el suelo del parque resbalaba como si hubiera llovido. Bajo las chispas de sombra y oscuridad, todos los árboles nos parecían iguales. Íbamos de un lado al otro, nos gritábamos sin ningún pudor y los nervios y la lluvia ahogaban la sensatez. Después de 10 ó 15 minutos a la deriva, yo perdí la paciencia y una señora se ofreció a ayudarnos “a encontrar las llaves”. Al final, Polo encontró el árbol y la planta, pero algo había pasado porque las flores ya no estaban allí.



Para mí era evidente que sería otro árbol y otra planta, así que me fui a mi casa, leí un rato, dormí sin problemas y volví a la mañana siguiente. Usé de referencia la casa de la francesa, reconstruí nuestro camino y hallé el lugar, el árbol y la planta. Lo que no encontré fueron las flores que recordaba blancas, perfumadas, y abiertas como una campana al revés.



La ciudad tiene secretos, y la mejor manera de vivirlos es aceptar que sólo se revelan una vez. Un secreto no es algo que no se nombra, es algo que no se nombra dos veces. La ciudad lo sabe, y ése es su mayor secreto.

Desde aquella tarde, Polo evita pasar por el Parque España. Según dice, la flor desapareció porque él ya había dicho que no quería volver a verla. Tras su caótica experiencia con el té de toloache, se había jurado no acercarse más a ninguna planta de poder. Pero se dejó convencer por la propuesta de buscarla en los parques de la ciudad, y corrió a verla y acariciarla apenas la encontró entre los árboles del parque. “Es como decía la francesa, las plantas saben lo que hacen, cuándo aparecen y por qué. Yo había dicho que no quería saber nada con ella. Por eso apareció, para demostrarme que aún me fascinaba, y desapareció por lo mismo, porque de algún modo yo le falté el respeto que merece”, me dijo al teléfono.

Como buen lector, antes de colgar me recomendó La carta robada, un relato policial protagonizado por el detective Auguste Dupin. En ese cuento magistral, Edgar Allan Poe sugiere que lo oculto es justamente aquello que todos ven pero no ven, como si la cotidianeidad y la costumbre fueran pátinas que recubren a los objetos más sorprendentes hasta hacerlos desaparecer. Un poco lo que Polo y yo habíamos sentido cuando encontramos la flor alucinante en un parque poblado de niños, parejas en pleno footing y vendedores de paletas. Para Poe, los secretos no son tales y están a disposición de quien quiera o sepa descubrirlos. En esta ciudad, los secretos funcionan igual. Y quizás no es necesario que se revelen dos veces, si un solo se deja asombrar.

Ipomoea violacea (Piule)

Enredadera que por lo general se encuentra en Oaxaca. Se utiliza con propósitos curativos y mágico-religiosos. Se le suele confundir con el ololiuqui, un alucinógeno que se obtiene de las semillas de otra enredadera similar (Turbina corymbsa). Sus semillas contienen sustancias muy parecidas al LSD.

Datura innoxia (Toloache)

Es la especie de datura de mayor uso en México y el sudoeste de Norteamérica. Carlos Castañeda la popularizó en Las enseñanzas de don Juan como la “yerba del diablo”, el “aliado” que gusta de la gente de naturaleza violenta. Se utiliza para atontar y enamorar. Los tarahumaras la agregan a la cerveza de maíz ceremonial.

Datura stramonium (Estramonio)

Es altamente alucinógena y se desconoce su origen. Podría venir del mar Caspio o del sur de Estados Unidos. Químicamente es semejante al toloache. A diferencia de éste, sus flores se mantienen erectas y no se abren.

Mimosa hostilis (tepescohuite)

Matorral conocido a partir de su aparición en Brasil. En México, su variante se llama tepescohuite. Es una planta espinosa que crece en las zonas áridas, como las catingas del este brasileño. Altamente alucinógena.


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ricardelico :
Uno de tantos textos valiosos publicados en prensa en aquella época donde no todo se publicaba paralelamente en internet. Lo transcribimos a DrogasMexico a los pocos meses de su publicación en la revista DF, la cual terminó su circulación como un año después.
04/02/2011 | 12:05
en DF psicodélico
   
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