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Malverde. Un bandido generoso
Viaje al país de las drogas. III. Estampas sobre la tierra blanca
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Viaje al país de las drogas. III. Estampas sobre la tierra blanca

Roberto Pliego

Viernes 1 de septiembre de 1995 (05/11/04)
Nexos Para continuar con la serie



En Sinaloa se comentan las atrocidades del narcotráfico de la misma manera insustancial y rutinaria con la que se habla de beisbol. Un culichi puede relatarte un hecho escalofriante ocurrido en su propia calle con el mismo tono con el que se quejaría por una cerveza al tiempo. Ya pocos se estremecen con los hechos terribles. Esto es lo terrible.

La visión del extraño sigue siendo inconsistente, brumosa, hiperbólica, basada en el sensacionalismo periodístico y la confianza en las estadísticas. Para el forastero, el narcotráfico en Sinaloa parece tan cinemático y serial como la corrupción policiaca, la estulticia policiaca, el comportamiento policiaco... Pero, en muchos de los casos, y de un modo aún más agobiante, ciertas formas y conductas emergen alternativamente de la repugnancia y el caos; de pronto, y en medio de un charco de sangre, las amenazas corren el seguro y se hacen oscuramente visibles.

Tu reloj mental necesita de algunos días para adaptarse a Culiacán, a los 38 bajo el sol, a la tarifa de mil pesos por ejecución que han impuesto algunas bandas de niños sicarios en los cinturones urbanos, a la nota roja, a la prohibición de que las mujeres usen minifalda. Durante mis últimas visitas he tenido la sensación de que reportaría una de esas escenas que la leyenda negra no deja de prometerle a sus partidarios. Pero nunca encontré indicios explícitos de nada. Ni un rastro de nadie que hubiera sido abatido a balazos, ningún enfrentamiento, ninguna R-15 a ritmo de tambora. En Culiacán hay poco qué hacer y la gente se entretiene hablando obsesivamente de narcos.

Las historias siguientes me fueron contadas por quienes nunca serán vistos en Culiacán como desconocidos. Son historias que guarda la memoria oral y debes creerlas.

PREGÚNTALE A LA CONTRA

Mas como voy a escaparme

te voy a contar un cuento

600 mil centenarios

era el robo de Sarmiento

lo llevé a San Salvador

y así ayudé al movimiento

Pero no sólo a San Salvador. La leyenda colectiva dice que Rafael Caro Quintero fue delatado por la contra nicaragüense. Nadie sabe cómo, pero el caso es que El Rafa prestó ayuda desinteresada al ejército sandinista... una ayuda en armamento y en dólares, por supuesto, un botón de solidaridad antiimperialista. Y así ayudé al movimiento... El estribillo proviene de un éxito local de Los Tigres del Norte. Hace años, la gente de Culiacán decía lo mismo. Incluso hay quienes conservan obuses de mortero disparados contra la mansión Somoza. Hay cierto orgullo disimulado. Hay corridos y muestras de vanagloria sinaloense.

Ninguna de las versiones con las que la opinión civil ha tenido tratos íntimos aventura siquiera que fue la contra, y no la DEA, quien descubrió el refugio de Caro Quintero. Entre la sospecha de que Caro Quintero prestó ayuda al sandinismo y el rumor sobre el papel de la contra no existe falla argumental alguna. Los códigos de conducta tienen unas líneas que decir al respecto: las deudas se pagan... aunque no haya dinero de por medio. La venganza es un gran estimulante, siempre tendrá un argumento para que aumentes aún más tus deudas. En la lógica sinaloense, la captura de Caro Quintero se explica según el dogma internacionalista de que no hay que intervenir en asuntos ajenos. Hay algo más, claro, siempre hay un accidente sin el cual ningún hecho sería posible: nada hubiera ocurrido si Sara Cosío no hubiera crecido con la tara de informar a casa en dónde pasaría cada noche.

Vamos a ver. Caro Quintero huyó de México y a su paso se estableció en Costa Rica. Entre sus pertenencias iban unos cuantos incondicionales y su novia Sarita. Pero una hija de buena familia está en la obligación de informar a su casa dónde pasará la noche. De modo que, a pesar de toda previsión o amenaza, tomó el teléfono y llamó a Guadalajara. La contra sólo hizo su trabajo, esa es la verdad. La frecuencia en onda abierta, la rutina de inspección, la basura radial... y he aquí que, de pronto, del cielo le cayó el papel de policía sanitaria. La leyenda es vaga, imprecisa. Sin embargo, deja la sensación de que, en el caso de la conciencia sinaloense, DEA y contra son lo mismo: un monstruo bicéfalo engendrado por el único enemigo a la vista, Estados Unidos. El colofón quedó impreso en otro éxito local de Los Tigres del Norte:

El amor es peligroso.

Así quedó comprobado.

Por unos ojos bonitos,

la soga le iban pisando...

Lo hallaron en Costa Rica...

en un castillo muy caro.

LA CLANDESTINIDAD ES PORTÁTIL

Desde la aprehensión de Rafael Caro Quintero y Miguel Félix Gallardo, el narcotráfico en Sinaloa cambió los grandes sembradíos de mariguana por las pistas de aterrizaje. Digamos que en buena parte mudó los hábitos terrestres del camuflaje y las rutas serranas por el sigilo y los enclaves playeros. La mudanza fue rápida y tan visible que los trailers, las trocas y pick-up son ahora animales viejos de un tiempo que se paseaba a caballo por las calles de Culiacán. No hay duda de que el narcotráfico ha tomado cursos de capacitación. Ser un buen conductor... ser un buen piloto... el tránsito de uno a otro condensa la historia reciente. Así que las playas son lugares destacados. En menos de diez minutos pueden convertirse en pistas de aterrizaje, y en menos de otros diez recobrar su aspecto desolador y periférico. Entre otros méritos, las playas tienen una arena fina y densa. Si se quisiera jugarle al loco, bastaría con ponerse unos esquíes y dejarse arrastrar por una troca con chaparreras.

Con el cambio de una modalidad serrana del narcotráfico a una de playa, mucha gente se quedó colgada. Los grandes cultivos de mariguana se atomizaron en áreas no mayores de media hectárea, la economía entró en recesión... y llegaron los colombianos. Al sureste se halla la cocaína y al norte Estados Unidos. Aunque no quieran, los narcos han debido tomar lecciones de globalización y geografía. Y no sólo eso: se han vuelto capaces de transformar una playa en una obra ejemplar de la ingeniería incivil. Sinaloa ya no es más que un lugar de paso. Sus operadores nocturnos, disponen una pista de aterrizaje con 120 linternas portátiles enterradas en la arena, distribuidas en dos líneas paralelas, con cinco metros de distancia entre cada una. Desde arriba, la visión es perfecta. Desde abajo, se antoja brindar un mínimo reconocimiento. ¿Quién monta una pista de aterrizaje con recursos de tlapalería? Resulta muy tentador ver señales de eficiencia en los planes del narcotráfico. Lo que pasa es que casi nada de lo que tiene que ver con este asunto, en cualquiera de sus manifestaciones, te deja insatisfecho.

NO ME CONTRADIGAS

Le decíamos El Niño. Un sujeto cualquiera: ignoraba la diferencia entre la vida y la obra. Como para algunos matones profesionales, le resultaba difícil separar ambas actividades (El Cochiloco, uno de los más ubicuos pistoleros sinaloenses, era otra cosa. Era elegante y sereno, era encantador y sobradamente profesional: mataba riéndose, claro que sí, pero no sólo porque gozaba doblando la voluntad de sus víctimas, sino porque sabía imponerle una helada responsabilidad a su trabajo). Pero en El Niño no había sentido alguno de la responsabilidad, sólo goce.

Antes de encumbrarse como pistolero, se hizo de una fama de crápula en la colonia Guadalupe, una zona residencial donde la vocación de narco sobrepasaba las expectativas económicas del sinaloense medio. El Niño creció ahí tratando de infundirle pánico a los más débiles. Nada del otro mundo, pues. Su fama temprana se nutrió de pequeñas barbaridades y de su propensión a ofrecer una imagen demasiado bronca de sí mismo. No perdía oportunidad de agarrarse a patadas y puñetazos. En escasas ocasiones, el bravucón y el exterminador habitan la misma persona. El Niño era los dos a la vez y sus ojos sonámbulos miraban fijamente.

El narcotráfico en Sinaloa cuenta con buenos scouts. Casi por selección natural, El Niño se convirtió en uno de los pistoleros consentidos de la mafia. Lo malo es que hacía un uso indebido de su membresía. Hay cosas abominables aún para los narcos. Perderle el respeto a la familia, por ejemplo. Si te hace feliz ser matón, vaya-vaya, por qué no lo eres pero bajo una lógica férremente patrimonialista: la madre es sagrada, las que podrían ser tus hermanas son sagradas, la propiedad privada es sagrada. Por eso no hay nada peor que un pistolero que combina su responsabilidad con el goce victimario del ladrón y el violador.

Es posible que El Niño ignorara la regla, también es posible que gracias a tipejos como él se hubiera vuelto explícita. Lo asombroso es que, a pesar de los códigos de honor que rigen a la mafia sinaloense, hubiera llegado tan lejos. El Niño se especializó en el robo a restaurantes y tiendas de ropa. Tenía un selecto grupo de clientes a los que aterrorizaba una o dos veces al mes. Un ladrón monomaniaco: el mismo local, a la misma hora. Estos eran crímenes en horas de asueto. El violador, en cambio, actuaba en horas de trabajo. Es lo que sucede con las gentes que ignoran la diferencia entre la vida y la obra. El Niño sabía matar y sus crímenes le rendían un loco tributo a lo sucio y lo esperpéntico... Y cuando la ocasión estaba de su parte, las mujeres y las hijas de los hombres ejecutados eran violadas y sodomizadas.

La mafia ejecutó a El Niño. Lo ejecutó porque no respetaba la vida humana, porque la tomaba sin el permiso de nadie. Le ataron las muñecas a la defensa trasera de una pick-up y lo arrastraron por una vereda por el rumbo a Mazatlán. Su cuerpo quedó convertido en un amasijo de huesos descoyuntados y sangre y visceras revolcadas. En su boca bien abierta sus verdugos depositaron sus genitales capados. Ahora ya lo sabes: hay cosas abominables, incluso para ellos.

NUESTRO HOMBRE INVISIBLE

La invisibilidad está en el fondo de un montón de historias.

El 9 de octubre de 1991, Manuel Salcido Uzeta fue acribillado en una colonia residencial de Zapopán. La operación de costumbre: una emboscada y un rosario de balas —entre 50 y 96, los periódicos sinaloenses nunca se ponen de acuerdo—. Ninguna pista sobre los verdugos, sólo un certificado de buena conducta: la hija de Salcido Uzeta viajaba en la misma camioneta dodge... y salió con vida. Es obvio que los ocho ejecutores conocían el significado de lo abominable.

Manuel Salcido fue un maestro incuestionable del disfraz. Justamente odiado por sus enemigos, que le dieron más fama de la que él podía desear, Salcido traspasó la muerte cuantas veces quiso. No la evitó, simplemente la atravesó, tomando muchas salidas ocultas, muchos atajos, y cambiando de nombre a un ritmo desconcertante.

Uno no puede por menos que preguntarse cuántas veces desayunó con la muerte, cuántas veces a un cadáver lleno de orificios de bala se le colgó su nombre. Salcido Uzeta era una figura inverosímil a quien las policías del país señalaban como un hombre peligroso justamente porque estaba preparado para representar al dedillo su inexistencia. Tratándose de él, nada poseía su forma convencional. Es cierto, mataba riéndose pero también lo es que se le atribuyeron numerosas obras de asistencia social. Incluso sus partes oscuras parecen luminosas.

Le decían El Cochiloco y apenas alcanzaba el 1.70 de estatura, le decían El Cochiloco y rengueba por una herida de R-15, le decían El Cochiloco y prestaba su helicóptero para trasladar al hospital a cualquier niño enfermo. Lo que se le daba mejor era esta ubicuidad: nunca sabía uno con quién se las estaba viendo.

¿Un enano con un sobrenombre tan... descomunal, tan... convincente? Una manera tan buena como cualquier otra de captar la lógica del narco sinaloense es echar un vistazo a estas hipérboles. Como tantos otros, El Cochiloco escribió su biografía a fuerza de corridos laudatorios, a fuerza de propagandistas y consumidores parciales. La sola invulnerabilidad no es ninguna ventaja: se supone que las virtudes compradas funcionan mejor si no estás en condiciones de responder personalmente por ellas. Haz lo tuyo y deja que los demás se encarguen de su leyenda.

Esto se cuenta: que debía más de 75 asesinatos: que le apasionaban los palenques; que su mayor orgullo eran sus gallos; que se hacía pasar por bandido generoso; que no era uno sino muchos hombres, todos representando su papel y todos muriendo sin que el verdadero fuera alcanzado; que nunca existió.

Que el lector considere esta prueba periodística (El Noroeste, 15 de octubre de 1991):

Manuel Salcido Uzeta (a) "El Cochiloco", multiasesino y heredero de los grandes capos de las drogas que la policía nunca atrapó, legalmente no existe y todos sus antecedentes están desaparecidos, se informó aquí.

Ni huellas dactilares ni documentos sobre licencias o actas de nacimiento y menos fotografías existen en ningún lado sobre los antecedentes del que se había convertido en legendario capo y que fue asesinado en una vendeta el pasado jueves en Guadalajara.

Incluso su ficha, fotografías y huellas que había en la penitenciaría de Culiacán, donde estuvo preso, por delitos del fuero común, han desaparecido simplemente.

La invisibilidad, la inexistencia, el armario lleno de identificaciones falsas y máscaras: estas son algunas de las razones por la cual nadie puede con el narcotráfico: nosotros moriremos sólo una vez: ellos se han comprado varias vidas.

LA PSIQUE HERIDA DE EL GÜERO PALMA

El 18 de agosto, el periódico Reforma publicó el siguiente "estudio de personalidad", que fue aplicado a Héctor Palma Salazar.

Tiene un coeficiente intelectual debajo del promedio en relación a personas de su misma edad y escolaridad, sin dato de daño cerebral orgánico.

Su atención y concentración son eficientes y es poseedor de una notable capacidad para planear y organizar.

Tiene adecuada habilidad de análisis y síntesis, por lo que es capaz de solucionar problemas basados en las deducciones básicas, examinar una situación con base a situaciones pasadas, hacer planes y ponerlos en ejecución partiendo de los hechos.

Observa conciencia lúcida y buena ubicación espacio-temporal y personal, su memoria a corto, mediano y largo plazo se encuentra conservada.

Refleja un pensamiento funcional de curso normal y contenido lógico, coherente y congruente, de tipo deductivo.

En su comunicación emplea lenguaje convencional con vocabulario pobre, aunque sus conceptos e ideas son claros por la influencia de su conducta receptiva en los contactos sociales a que se ha sometido.

Sus juicios auto y heterocríticos se encuentran disminuidos.




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