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Jorge Castañeda reconoce el fracaso de la actual Guerra contra las Drogas :: Drogas México

Política

La guerra perdida contra las drogas
Jorge Castañeda reconoce el fracaso de la actual Guerra contra las Dro
Política y delito


IFAL, Ciudad de México, 22 de agosto del 2001. Comentario del Dr. Jorge Castañeda, Secretario de Relaciones Exteriores de México, en la presentación...Gracias, Raymundo. Gracias a la editorial Grijalbo por esta oportunidad de comentar brevemente el libro de mi amigo Jean-Francois Boyer. Me da mucho gusto estar...
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Jorge Castañeda reconoce el fracaso de la actual Guerra contra las Drogas

Jorge Castañeda Gutman

Miércoles 22 de agosto de 2001 (25/10/04)
Vivecondrogas IFAL, Ciudad de México, 22 de agosto del 2001. Comentario del Dr. Jorge Castañeda, Secretario de Relaciones Exteriores de México, en la presentación del libro La guerra perdida contra las drogas, de Jean-Francois Boyer. La presentación estuvo dirigida por Raymundo Riva-Palacio (Diario Milenio) y también participaron Julio Hernández López (La Jornada), Luis Astorga (Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM) y el mismo Monsieur Boyer. Esta es la transcripción de nuestra grabación.



Gracias, Raymundo. Gracias a la editorial Grijalbo por esta oportunidad de comentar brevemente el libro de mi amigo Jean-Francois Boyer. Me da mucho gusto estar aquí esta noche para comentar con ustedes uno de los libros más importantes que se hayan escrito sobre los esfuerzos de la comunidad internacional y particularmente de los países de nuestro hemisferio para combatir al narcotráfico.

Uno de los efectos más nocivos de la globalización ha sido la multiplicación de amenazas no tradicionales a la seguridad. En este sentido el crimen organizado representa una de las facetas más complejas de los retos que confronta el sistema internacional de la posguerra fría. El libro de Jean-Francois Boyer encierra una reflexión histórico-analítica atinada y oportuna sobre el fenómeno del narcotráfico durante las últimas dos décadas, y abre un debate –pendiente desde hace mucho tiempo– acerca de la eficacia de las políticas antidrogas y del marco conceptual que las sustenta.

La principal aportación de Boyer es obligarnos a reevaluar algunas de las premisas con las que un importante número de países –y México no es una excepción– han enfrentado el problema del abuso de las sustancias ilícitas así como las secuelas que éstas generan para la salud pública, el bienestar social, la gobernabilidad, la solidez de las instituciones e inclusive la seguridad de muchas naciones.

Este libro cuenta lo que yo llamaría una historia de vino nuevo en botellas viejas. Permítanme explicarles por qué.

En las últimas dos décadas hemos aprendido mucho acerca de los alcances y efectos de la política de control de drogas. Algunas de las primeras lecciones que aprendimos fueron sencillas. Sin embargo, apenas ahora estamos comprendiendo y asumiendo otras más complejas y quizás más dolorosas y más relevantes.

Veamos primero algunas de las lecciones sencillas. El narcotráfico internacional es hoy una de las actividades comerciales más lucrativas del mundo. Estimaciones actuales de la venta de drogas ilícitas van desde los 150 mil millones hasta los 400 mil millones de dólares anuales. El crecimiento exponencial del mercado internacional de las drogas y su transformación de una industria focalizada a un comercio global valuado en miles de millones de dólares se originó en la explosión masiva de la demanda de drogas en Europa Occidental y Estados Unidos en el decenio de los setenta. Este brinco en la demanda generó una expansión vertiginosa en los patrones de producción y tráfico en otras regiones. De manera paralela la revolución en comunicaciones, en tecnología de la información y en transportación ha vuelto porosas a todas las fronteras. Hoy los mismos recursos y las mismas modalidades que el comercio usa para el intercambio de bienes y servicios en todo el mundo son utilizadas por las propias organizaciones criminales para traficar con drogas ilícitas, precursores químicos y armas. Más aún, el narcotráfico transnacional ha sabido y podido globalizar sus operaciones posicionándose en nuevos mercados y expandiendo el alcance de sus actividades ilícitas. En gran medida como resultado de este fenómeno, las organizaciones narcotraficantes han podido acumular poder y recursos que en algunos casos superan las capacidades institucionales de los gobiernos para confrontarlos, una enorme capacidad financiera para fomentar la corrupción, y una capacidad abrumadora para amenazar a la sociedad y al estado con el uso de la fuerza o para usar la violencia. Ello no quiere decir que el objetivo primario de este tipo de organizaciones sea el debilitamiento del estado. En términos generales las organizaciones narcotraficantes no son antigubernamentales ni antidemocráticas per sé. Es más, requieren de las propias instituciones y de los mecanismos de intercambio comercial para sus actividades ilícitas. Sin embargo para poder conducirlas y evitar los controles y los mecanismos de procuración de justicia del estado, se han convertido en uno de los enemigos más importantes de las instituciones gubernamentales, ya que a la vez de que requieren de su existencia éstas deben ser lo suficientemente débiles o penetrables como para que el crimen organizado siga operando de manera ilícita. Los capítulos del libro de Boyer dedicados a México y a la génesis de sus organizaciones narcotraficantes tal y como las conocemos hoy es un doloroso ejemplo de ello.

En particular la descripción de lo que Boyer llama "el narco-estado mexicano" –y comparto las dudas de Luis Astorga sobre la terminología y la vigencia del término– es una interpretación lúcida, basada en una investigación rigorosa y exhaustiva de la manera en que el ejercicio del poder y la capacidad productora y financiera del narcotráfico particularmente durante el sexenio de Carlos Salinas se convirtieron en caras distintas de una misma moneda en México. Claramente mientras que en algunos casos y para algunos países el crimen organizado transnacional representa solamente un problema de procuración de justicia, para otros se ha convertido en una amenaza a las instituciones y a la seguridad del Estado, tal y como ha ocurrido en Colombia.

Ahora a las lecciones más complejas que el propio libro de Boyer subraya de manera tan reveladora.

Primero.– las distinciones entre países consumidores y países productores se están desvaneciendo. Países tradicionalmente consumidores como Estados Unidos están produciendo cantidades récord de marihuana y mentanfetamina mientras que países productores o de tránsito como México están experimentando incrementos preocupantes en los índices de consumo de cocaína y metanfetamina, particularmente en la región fronteriza.

Segundo.– las premisas sobre la que se ha construido la política antidrogas en general, pero particularmente en nuestro hemisferio, estaban articuladas en torno a una ecuación aparentemente sencilla: en la medida en que se pudiese radicar e interceptar un porcentaje importante de la producción anual de drogas, se reduciría el consumo como resultado de menor disponibilidad, menor pureza y precios más elevados. Los patrones de la última década demuestran exactamente lo contrario. A pesar de los altos porcentajes de erradicación las zonas de cultivo –tal y como lo subraya Boyer– se han expandido. Y a pesar de los altos índices de aseguramiento –cerca de 300 toneladas promedio de cocaína al año de un total de producción aproximada de 600 toneladas por año, la pureza de las drogas ilícitas nunca ha sido tan alta, ni su precio tan bajo: se redujo a la mitad el precio de la heroína y de la cocaína de 1985 a 1995. Evidentemente algo en esta ecuación no funciona. Las políticas de procuración de justicia encaminadas a interceptar y a erradicar ignoran una realidad de mercado muy simple: Las drogas son una empresa demasiado rentable y los costos de pérdidas derivadas de la erradicación o el aseguramiento son minúsculos comparados con los márgenes de ganancias. Unos números – la estructura del mercado así lo demuestra: En 1999 el costo de procesar hoja de coca para producir un kilo de cocaína en Colombia era de 300 dólares. Ya refinada y lista para exportación, ese mismo kilo valía 1050 dólares. El costo de introducir ese costo a Miami elevaba su precio a 20000 dólares, y su llegada a Chicago para ser distribuida en el mercado al menudeo lo inflaba a 188,000 dólares. Esto quiere decir que un programa de erradicación muy exitoso que triplicara el costo del kilo de hoja de coca a 900 dólares sólo elevaría imperceptiblemente los precios de distribución en Estados Unidos.

Tercero.– estas cifras demuestran que privilegiar políticas de erradicación e intercepción en países productores o de tránsito, nunca impactará ni las ganancias ni las células de comando y control de los narcotraficantes por una muy simple razón: el valor real del mercado se encuentra en las cadenas de distribución de mayoreo a menudeo en los mercados consumidores y en los procesos de blanqueo de capital que se inician en los sistemas financieros de esos países. Mientras no se ataquen frontalmente las cadenas de distribución en los mercados de consumo y las cadenas de lavado de dinero no se podrán afectar de manera sustancial los intereses del narcotráfico.

Cuarto.– Las políticas encaminadas a desarticular a las grandes organizaciones narcotraficantes solo han tenido como efecto atomizar la producción, procesamiento y tráfico de las drogas. El caso más claro –al que Boyer dedica una sección importante de su libro– es el de Colombia. La desarticulación de los carteles de Cali y Medellín tuvo como efecto más inmediato la reestructuración de células de comando y control más pequeñas, flexibles, eficaces y sofisticadas –los llamados cartelitos– así como menos vulnerables que los propios carteles a los que reemplazaron. Esto evidentemente ha hecho mucho más complicado el combate a estas organizaciones criminales.

Las conclusiones que se desprenden de una lectura objetiva y cuidadosa del libro que hoy comentamos apuntan a una realidad ineludible: las políticas antidrogas que se han venido instrumentando y que año con año se presentan como novedosas –ese vino nuevo en botellas viejas al que me refería al principio– no son suficientes para avanzar en la lucha contra el narcotráfico aunque sean indispensables. No se ha afectado la disponibilidad de drogas ni su efecto devastador en el tejido de nuestras sociedades ni mucho menos la corrupción y la violencia que engendran. Debemos encarar de frente la necesidad inevitable de privilegiar políticas de combate al consumo e instrumentar campañas agresivas e inteligentes de educación, difusión, tratamiento, control del daño y rehabilitación de consumidores perniciosos.

Las evidencias que arroja este libro están siendo reconocidas no sólo por expertos y funcionarios de todo el mundo sino por la propia sociedad que por tanto tiempo ha consumido drogas ilícitas. Basta ver tres ejemplos recientes del cine y de la televisión: la serie británica Traffic que dió pie a la película estadounidense del mismo nombre, y los esfuerzos del cine independiente de Hollywood Blow y Requiem for a Dream.

La guerra perdida contra las drogas de Jean-Francois Boyer es una llamada de alerta poderosa. El mensaje es claro: si hemos de ganar algún día esta batalla, debemos reconocer que hasta ahora nuestro frente de lucha ha sido el equivocado. Gracias.


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